CAPÍTULO III
PERCEPCIONES
DIVERSAS ACERCA DE LA PERSONA DE CRISTO
En los dos capítulos precedentes han
quedado puestos de manifiesto los rasgos esenciales de judíos, cristianos y
musulmanes desde el punto de vista de sus respectivas creencias religiosas.
Quisiera ahora destacar las diversas formas de percibir la persona y
personalidad de Cristo por parte de sus seguidores los cristianos.
1. Cristo ante la opinión pública de sus
contemporáneos
Tengo la convicción de que Cristo tuvo
conciencia muy clara sobre la identidad de su persona. Le gustaba llamarse Hijo
del Hombre pero trató de evitar, aunque no siempre lo consiguió, que se
divulgara imprudentemente su verdadera identidad mesiánica y su vinculación
entitativa con Dios Padre y el Espíritu Santo. En una ocasión se definió a sí
mismo como el camino, la verdad y la vida. Uno de los suyos más íntimos le rogó
que le presentara a Dios Padre. La respuesta fue muy simple y en su estilo
habitual: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe?
El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,5-11). A la ansiedad de la
gente y de las autoridades por saber quién era y qué proyectos tenía respondió
sistemáticamente remitiendo a sus hechos consumados para que a la vista de
ellos dedujeran las conclusiones pertinentes. Que Él sabía muy bien quién era
por relación a Dios y lo que tenía que hacer admite pocas dudas razonables.
Pero
¿qué sabemos nosotros sobre su persona y su vida después de 2000 años de
historia? La Cristología es el aforo cognitivo más adecuado donde las personas
inteligentes buscan respuestas a las fascinantes preguntas que cabe hacernos
sobre la persona y obra de tan destacado personaje. Por otra parte, cualesquiera
sean esos conocimientos acerca de Él y de su obra, ¿qué impacto causó y sigue
causando en la vida de sus seguidores y en la marcha general de nuestra
historia? La Cristología ha respondido siglo tras siglo al primer interrogante
y la Biocristología al segundo. Esta matización es importante y espero que a lo
largo de mi exposición quede justificada. Para ello comencemos por lo que es
obvio, a saber, que la figura de Jesús de Nazaret, Cristo o Jesucristo, en
efecto, ha sido considerada a lo largo de la historia como objeto formal de
conocimiento humano y Él mismo manifestó en una ocasión interés por saber qué
opinaban sus contemporáneos sobre la identidad de su persona. El término
Cristología se refiere principalmente a esa intensa y secular actividad cognitiva.
Ante todo, saber a ciencia cierta quién fue Jesucristo. Todo lo demás, como la
adhesión religiosa a Él como Hijo de Dios y lo que se denomina seguimiento,
vendrá por añadidura. Así las cosas, ¿en qué coincide y se distingue la
Biocristología de la Cristología? Esta es la cuestión que espero quede
suficiente clarificada a lo largo de estas páginas. Según Mateo 16,13-20,
Marcos, 8,27-30 y Lucas 9,18-21, encontrándose Jesús en el territorio de
Cesarea de Filipo, preguntó confidencialmente a sus discípulos qué opinaba la
gente sobre Él. No porque personalmente le importara gran cosa la opinión
pública o necesitara informarse de nadie sobre lo que tenía que hacer o la
forma de hacerlo, sino como pretexto para informarles a ellos sobre la función
de Pedro en el futuro como jefe de su equipo apostólico.
“¿Quién
dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? (Mt 16,13-20). La respuesta
informativa que recibió tiene dos partes. La primera se refiere a lo que
actualmente denominamos “opinión pública”, es decir, eso que opina la gente
fuera del contexto confidencial bajo el influjo de los medios de comunicación.
En la época de Jesús era el “boca a boca” de todos los días por la calle bajo
el influjo de las tradiciones orales familiares y la enseñanza de la Sinagoga. Pues
bien, entre la gente se comentaba si Jesús no sería Juan el Bautista resucitado
después de haber sido asesinado por orden de Herodes Antipas, el cual se
comprende que tuviera miedo a que ese rumor se confirmara y de ahí su
nerviosismo. Otra de las creencias populares sobre la persona de Jesús lo
identificaba con el profeta Elías, el cual no habría muerto y debía venir para
manifestar y ungir al Mesías prometido. Mateo por su parte refleja la opinión
de quienes identificaban a Jesús con Jeremías, popularmente considerado como
uno de los grandes protectores del pueblo judío. En cualquier caso la opinión
pública asociaba a Jesús con alguno de los profetas importantes de Israel. Por
último, tomó la palabra Pedro el cual no dudó en identificarle con la persona
misma del Mesías. Sorprende que Jesús manifieste su deseo expreso de que no se
divulgue públicamente el contenido de esta conversación privada. Es lo que los
técnicos denominan “el secreto mesiánico”. Un tema éste realmente fascinante
por la lección de prudencia que supone y las connotaciones políticas indirectas
que conlleva.
Según
las fuentes evangélicas cabe pensar que Jesús fue considerado por las
autoridades públicas de turno como un traidor a la causa del pueblo judío
frente a la presencia colonizadora de Roma, y a la idea mesiánica oficializada
y divulgada entre la gente. Lo normal fue imaginarlo fuera de la línea
profética como un libertador político llamado a terminar con la dominación
romana en Palestina, a limpiar Israel de la presencia de paganos e imponer la
paz del pueblo elegido a todas las naciones de la tierra. Pero Jesús no entró
jamás al trapo de la política y se negó en redondo a ser confundido con un
líder político en clave nacionalista. Se presentó como el Mesías anunciado por
los profetas para salvar al mundo y no sólo al pueblo de Israel, pero bajo
ningún concepto relacionó este proyecto salvador a la derrota política del
imperio romano sobre Palestina. No faltan actualmente escritores pintorescos
que se deleitan en tratar a Jesús como un vulgar activista político contra Roma
como potencia colonizadora. Pero no vale la pena perder el tiempo discutiendo
con ellos sobre estas cuestiones. La vida es breve y el tiempo es oro.
Por
otra parte, se le acusó de hacer cosas propias y exclusivas de Dios como
interpretar la ley del sábado, resucitar muertos o perdonar pecados. Sin
olvidar la mala opinión que le granjeó su preocupación por las gentes
socialmente peor vistas como los desheredados, los enfermos, las prostitutas y
los publicanos. Algunos no dudaron en acusarle de endemoniado al que había que
hacer frente quitándole del medio. De la lectura de los textos evangélicos cabe
pensar también que al principio de su actividad pública tampoco gozó de una
opinión favorable entre algunos de sus familiares. Según Marcos (3, 21), los
suyos salieron para recogerle, porque decían que estaba fuera de sí. La
expresión griega kratein apunta a la idea de que fueron dispuestos a hacerse
con él para llevárselo a casa por la fuerza, si era necesario. Según Juan
(7,10), los familiares le retan a que vaya a Judea para realizar allí algo
espectacular a favor de su credibilidad. Fue a Jerusalén pero en privado sin
mezclarse con ellos. En la sinagoga de Nazaret (Mt 13,53-57; Mc 6,1-6; Lc
4,16-30) sus propios paisanos trataron de despeñarle y no hay constancia de que
sus parientes allí presentes trataran de evitar el intento de linchamiento. La
opinión negativa sobre la persona de Jesús por parte de sus contemporáneos
puede quedar reflejada en los calificativos de traidor y blasfemo. Traidor a la
causa judía en clave política, y blasfemo como presunto usurpador de funciones
propias de Dios.
A
pesar de todo, Jesús se impuso de tal forma con sus hechos y dichos que otra
parte del pueblo judío, a despecho de la opinión oficial, le reconoció como la
culminación de todas las esperanzas mesiánicas de Israel y el verdadero rostro
visible y misericordioso de Dios tal como había sido pronosticado por los
profetas más cualificados. Para este sector del pueblo judío no se trata de un
traidor político y un blasfemo religioso sino del verdadero Hijo de Dios
encarnado en la naturaleza humana, muerto y resucitado para la salvación del
mundo entero y no sólo del pueblo de Israel. Esta es la opinión que sobre la
persona de Jesús quedó reflejada en los textos evangélicos y que han heredado
los cristianos hasta nuestros días.
2. Opinión del Talmud sobre la persona
de Jesús
En
el contexto judaico del Talmud, la persona de Jesús es relacionada con la
presunta vida sospechosa de María, su madre. Así, por ejemplo, Rabí Shimeon ben
Azzaite dijo haber encontrado en Jerusalén un manuscrito genealógico en el que
se decía que “Aquél (Jesús) es el hijo bastardo de una mujer adúltera.” Idea
que aparece expresada en otros pasajes del Talmud con matices diversos. En tal
sentido se pretende resaltar contra Jesús que fue hijo de una peluquera (b.
Shabat 104b) o de una maestrilla de primer grado (b. Hagigah 4b). En otro
pasaje (b. Kallah 51ª) se afirma que Jesús fue el fruto de una relación adulterina
de María con un soldado romano llamado Pantera. Con la presunta circunstancia
agravante de que esa relación habría tenido lugar durante la menstruación. Lo
cual autorizaría a pensar que Jesús fue un hijo rigurosamente impuro de acuerdo
con la moral judía. Según otro pasaje (b. Sanhedrin 106a), los antepasados de
María habrían sido de procedencia real, "príncipes y gobernantes",
pero luego ella se prostituyó entre carpinteros. Con lo cual se sugería la idea
de que Jesús habría sido de hecho hijo de una prostituta.
Como
es sabido, el Talmud es una obra monumental compilada por Rabina y Rab Ashe
allá por el año 505. Los textos que estos dos sabios integraron en la obra no
fueron escritos por ellos de acuerdo a sus propias interpretaciones o ideas,
sino que antes de colocar cada sentencia la sometían al "Beit Din
Hagadol", Tribunal Supremo, donde recibían las instrucciones pertinentes.
En ese lugar los sabios más importantes de la época discutían sobre las
distintas preguntas que se formulaban y daban su veredicto sobre ellas. La obra
se inscribe ya en el contexto de la dolorosa polémica secular entre judíos y
cristianos radicalizada a partir de la toma de Jerusalén por el general Tito el
año 70 y el intento de reconstrucción del judaísmo en Jamnia, liderado por el
fariseo Yohanam ben Zakkay.
Los
judíos extremistas y fanáticos consideraron siempre a los cristianos como
traidores indeseables y los cristianos calificaron a los judíos de deicidas por
haber condenado y ejecutado a Cristo. Pero no es este el aspecto que me
interesa destacar aquí al evocar las opiniones vertidas en el Talmud sobre la
persona de Jesús sino el hecho de que en esta obra no se niega en ningún
momento la realidad histórica de Cristo ni de sus actuaciones más
sorprendentes. Al contrario, constituye un testimonio de realismo histórico
impresionante al tratar de responder a las acusaciones cristianas mediante el
recurso al desprestigio personal de Cristo. Cualquier historiador serio o
lector sensato se da cuenta pronto de que la opinión judaica vertida en el
Talmud sobre Cristo es fruto de sentimientos rencorosos, fortalecidos a lo
largo de varios siglos de incomprensión entre judíos y cristianos, y no la
conclusión lógica de estudios objetivos de la realidad. En esta pintoresca
campaña talmúdica de desprestigio la realidad histórica de la persona de Cristo
sale reforzada y jamás es cuestionada. No tendría sentido difamar a su Madre
sin aceptar la realidad del Hijo. Aquí cabría aquello de “difaman a mi madre,
luego existo”. Lo que termino de decir lo había escrito yo antes de haber
escuchado a Roly Zilberztein explicando el significado anticristiano de algunos
textos del Talmud en los que se habla contra la figura de Jesús.
3. Opiniones sobre el aspecto físico de
Cristo
Las
fuentes fidedignas no dicen nada sobre el aspecto físico de Jesús pero los
cristianos no se resignaron a esta falta de noticias. La ortodoxia judaica
prohibía terminantemente toda representación de seres animados por temor a la
idolatría. Así se comprende que la primera generación cristiana, procedente en
su mayor parte del judaísmo, no se preocupara en absoluto por transmitirnos
algún retrato o efigie de Jesús, lo cual es lamentable. Cabe pensar que si
Jesús hubiera vivido fuera de Palestina y la mayoría de los primeros cristianos
hubiera sido de civilización greco-romana, por ejemplo, se hubiese intentado ya
en aquellos tiempos dejarnos alguna representación de su aspecto físico. Por
eso las más antiguas figuraciones que nos han llegado de Cristo en Occidente son
las de las catacumbas, y en Oriente las pinturas bizantinas del siglo IV. Pero
ninguna de esas representaciones reproduce rasgos reales verificables de la
figura de Jesús ya que son creaciones de la fantasía en función de motivos
emocionales o piadosos. Lo mismo cabe decir en el campo literario. Dichos
motivos ideales son pasos del Antiguo Testamento que se refieren igualmente al
Mesías, el cual, sin embargo, es presentado bajo diferentes aspectos. En uno de
los poemas del «Siervo de Yahvé» se había afirmado: “No hay en él parecer, no
hay hermosura para que le miremos ni apariencia para que en él nos
complazcamos” (Is 53, 2). Por el contrario, en el salmo 45,3, uno de los salmos
mesiánicos, puede leerse en forma de místico epitalamio: “Eres el más bello entre
los hijos de los hombres; derramada es la gracia en tus labios”. Los expertos
no encuentran dificultad en afirmar que estos textos no miraban propiamente a
los rasgos físicos del futuro Mesías, sino que tenían el carácter de simples
alegorías, representando el primero los dolores y el segundo los triunfos del
que había de venir. Sin embargo, algunos escritores cristianos los tomaron
después a la letra, persuadidos de poder hallar en ellos descripciones de los
rasgos físicos de Jesús. De ahí que mientras unos le imaginaron físicamente
feo, otros, combinando imaginación y afecto, pensaron que su aspecto físico
debió ser deslumbrante.
Los
partidarios de la fealdad física de Jesús se apoyaron, explícita o
implícitamente, en el citado pasaje de Isaías, pero mostrando con ello que
atendían más a la idea del Mesías paciente que a los rasgos físicos de Jesús.
De ahí que no siempre es posible precisar su pensamiento. Según S. Justino
mártir, por ejemplo, (Dial. cum Tryph.,
88; 100, 85), Jesús era deforme. Según Clemente Alejandrino era feo de rostro (Paedag., III, 1). Según el parecer de
Tertuliano, el cuerpo de Jesús fue cualquier cosa menos llamativo por su
apariencia. (De carne Christi, 9; Adv. Marcion, 17; Adv. Judaeos, 14). Según S. Efrén el sirio, Jesús fue pequeño de
estatura. No más de tres codos, equivalente a poco más de 1,35 m. (Cf. Lamy, S. Ephrem syri hymni et sermones, t. IV,
col. 631). Orígenes parece estar de acuerdo con el pagano Celso en que Jesús
fue físicamente pequeño, feo y desgarbado (Contra
Celsum, VI, 75). Orígenes refleja también la opinión de ciertos cristianos,
según los cuales Jesús aparecía feo a los impíos y hermoso a los justos (PG,
13, 1750).
Los
partidarios de la hermosura física de Jesús como Gregorio de Nisa, Juan
Crisóstomo, Teodoreto, Jerónimo y otros muchos también parten de motivos
ideales y se inspiran en el salmo 45. En cualquier caso hasta la edad media
esas alusiones a la presunta belleza o no belleza física de Cristo fueron muy genéricas.
La suposición de que Jesús fue un hombre de indiscutible buena presencia física
es tardía. Así, un peregrino anónimo de Piacenza visitó Palestina hacia el año
570 y dijo haber visto en Jerusalén la piedra sobre la cual Jesús estuvo en pie
durante el interrogatorio ante Pilatos. Según los vestigios que dice haber
visto en torno a dicha piedra, cabe pensar que los pies de Jesús eran pequeños
y bien formados y que tendría una estatura normal. Eso sí, con rostro bello,
cabellos algo rizados, hermosas manos y dedos largos. (Geyer, Itinera Hierosol., p. 175).
Hacia
el año 710, Andrés de Creta, después de haber hablado del retrato de Jesús,
pintado, según una tradición, por Lucas, añade que también el judío Josefo
cuenta que el Señor fue visto con cejas unidas, ojos bellos, rostro alargado,
un poco encorvado y de estatura normal (P G. 97,1304). Según los expertos, esta
descripción no procede del historiador Flavio Josefo sino de una tradición
bizantina y los elementos principales de la misma se repiten en la tradición
sucesiva añadiendo detalles de origen desconocido o simplemente fruto de la
imaginación. Por el año 800, el monje Epifanio sostenía en Constantinopla que
Jesús medía alrededor de 1,70 de estatura, tenía el cabello rubio y levemente
ondulado, cejas negras poco arqueadas, ojos verdes y con una ligera inclinación
del cuello, de modo que su figura no era del todo recta. Además, con el rostro
algo alargado, como el de su madre, a quien, según el susodicho monje, se
parecía en todo (Vita Deiparae. Texte
u. Untersuch., N. F. III, vol. 18, p. 302).
Por
el contrario, en la Carta sinodal de los obispos de Oriente, del año 839, la
estatura de Jesús es estimada como de tres codos, equivalente a 1,35 metros.
(Ib. p. 303-304; PG. 95, 349). Con el tiempo se fue imponiendo la presunción de
que Jesús fue un hombre de complexión física atractiva e interesante. Esta
tradición oriental pasó a Occidente contribuyendo a la formación de la Leyenda
áurea, de Jacobo de Varazze o Vorágine, del siglo XIII. Por la misma época
apareció la famosa Carta de Léntulo,
que tuvo gran éxito en Occidente entre los siglos XIV y XV. Dicha carta es
presentada como enviada al Senado por un imaginario predecesor de Pilatos, de
nombre Léntulo. Según esta imaginativa descripción, el personaje que lleva por
nombre Jesucristo, considerado por la gente como profeta de la verdad e Hijo de
Dios por sus discípulos, fue un hombre de estatura media y atractiva, rostro
venerable capaz de infundir amor y temor en sus espectadores, pelo largo color
castaño plano hasta las orejas y algo rizado después, con raya en medio de la
cabeza al estilo de los hombres de Nazaret. Frente plana y serena y rostro sin
arrugas ni manchas, lo cual vale para la nariz y la boca. La barba era mediana,
muy densa, armoniosa y con una bifurcación en el mentón. Su aspecto era simple
y natural con ojos ligeramente verdes y claros. Hasta aquí los rasgos
fundamentales de su semblanza física. Luego añade otros sobre su semblanza
psicológica como los siguientes. En la increpación era terrible y en las
admoniciones dulce, amable y contenido. Alguna vez lloró pero nunca sonrió. Era
recto de estatura y poseía unos brazos y unas manos estéticamente agradables.
En la conversación se manifestaba modesto y contenido de acuerdo con lo
pronosticado por los profetas. Durante
la edad media prevalecieron estas creencias sobre la figura física de Jesús en
las descripciones literarias así como en las correspondientes imágenes
pictóricas. El icono de la efigie de Jesús quedó personificado como genuino en
el lienzo de Milán popularmente conocido como la Verónica y sobre el cual se han realizado estudios científicos. En
cualquier caso no podemos olvidar que todos los intentos por reconstruir la
figura física de Cristo están inspirados en la imaginación y la piedad
cristiana ya que los cristianos que le vieron con sus propios ojos y
convivieron con El fueron judíos y según la tradición judía estaba absolutamente
prohibido representar cualquier referencia a Dios por temor a incurrir en la
idolatría.
4. Intelectuales ante la figura de
Cristo
A
las persecuciones sangrientas contra los primeros cristianos se sumó la guerra
literaria por parte de intelectuales paganos que comenzó abiertamente en tiempo
del emperador Marco Aurelio (121-180). Luciano de Samosata (125-181), por
ejemplo, en su opúsculo sobre La muerte
del peregrino se burló del propio Cristo en persona presentándole como
soñador y estafador. Según Aurelio Cornelio Celso (30 aC - 50 dC), la figura de
Cristo no revistió excepcionalidad ninguna si le comparamos con Hércules,
Esculapio, Dionisos y otros muchos que realizaron prodigios y ayudaron a los
demás. Antes que Jesús ya habría habido divinidades que murieron y resucitaron.
Como también hay, según él, testimonios de prodigios y milagros realizados por
ellos que no son otra cosa que obras de prestidigitadores. ¿Habremos de
considerarlos por ello como Hijos de Dios? Según Celso, el cristianismo es para
ignorantes. Las personas cultas lo evitan y no se dejan embaucar. En la línea
de Celso se encuentra el filósofo platónico Porfirio, nacido hacia el año 233
en Tiro de Fenicia. Porfirio negó abiertamente la divinidad de Cristo y llegó a
decir que aunque hubiese entre los griegos alguno tan obtuso como para creer
que los dioses residen realmente en las imágenes que tienen de ellos, ninguno
lo será tanto que llegue a admitir que la divinidad pudo entrar en el vientre
de María virgen para convertirse en feto y ser envuelta en pañales después del
parto. Ataca duramente a S. Pedro y más aún a S. Pablo al que califica de
ordinario, oscurantista y demagogo. Le acusa de codicia. Según Porfirio, S.
Pablo predicaba para sacar dinero a las damas ricas. Ese habría sido el
verdadero cometido de sus viajes apostólicos. Porfirio califica todas las
creencias cristianas de irracionales.
Sobre
la postura de los intelectuales ante la figura de Cristo cabe hacer las
matizaciones siguientes. Ante su figura y su obra ningún intelectual serio,
antiguo o moderno, ha permanecido indiferente. Ha habido y hay intelectuales
anticristianos viscerales pero la persona de Cristo queda casi siempre al
resguardo. Sólo he conocido conductas burlescas anecdóticas ante su persona por
parte de gente inculta, de dudosa salud psíquica o movidos por sentimientos
políticos de baja calidad. Los ataques intelectuales a los cristianos se han
caracterizado y se caracterizan por su intento de descalificar a la Iglesia
como institución, la cual habría corrompido el mensaje original del propio
Cristo. Pero tal acusación significa indirectamente el reconocimiento de su
personalidad y del valor de su mensaje al mundo.
Maquiavelo
(1469-1527), Shopenhauer (1788-1860) y Nietzsche (1844-1900), por ejemplo,
consideraron la moral cristiana como indeseable para la acción política, pero
nunca pusieron en tela de juicio la personalidad de Cristo. Las propias
enseñanzas teológicas denominadas herejías cristológicas ponen de manifiesto
hasta qué punto Cristo ha sido y sigue siendo una piedra angular de la
reflexión humana y no un personaje al que se le puede condenar alegremente al
olvido intelectual. Los intelectuales serios que se han interesado por saber
quién fue realmente Cristo han sido respetuosos con su persona incluso siendo
beligerantes con sus seguidores, o afirman que Cristo desaprobaría hoy el Credo
de la Iglesia. Con el paso de los años y la experiencia he llegado a la
conclusión de que el silenciamiento progresivo de Cristo en el campo de la
cultura actual es más fruto de la ignorancia y de la mala educación que de una
actitud hostil deliberada hacia Él. Los casos de intelectuales que se han
atrevido a considerar a Cristo como un mito inventado por la Iglesia son
irrelevantes y de escasa o nula calidad intelectual. Ni siquiera a Karl Heinz
Deschner en sus ocho tomos sobre Historia
criminal del cristianismo le llegó a pasar por la mente que Jesucristo
fuese un personaje irreal o digno del olvido.
Entre
los intelectuales de nuestro tiempo hay muchos que reconocen la calidad del
mensaje humanitario original y no tienen reparo en declararse culturalmente
cristianos. Ahora bien, es digno de destaque su convicción más o menos velada
de que la Iglesia institucional habría desvirtuado, al menos en parte, el
mensaje original de Cristo presentando una imagen falseada del mismo. Esa
falsificación se encontraría en la presentación de un Jesús resucitado como
garante infalible de otra vida después de la muerte. Con el agravante de que
esa presunta dimensión trascendental de la personalidad de Jesús habría sido
inculcada de forma autoritaria. Últimamente la desconfianza en la Iglesia se ha
agravado por su postura oficial frente a la revolución sexual, las prácticas
abortivas, la destrucción de fetos humanos en la investigación científica y a
la eutanasia activa. Si a esto se añade la proliferación de grupos cristianos
con rasgos fundamentalistas dentro de la propia Iglesia, se comprende que estos
intelectuales piensen que se puede ser cristiano al margen de lo que la Iglesia
institucional piensa o enseña sobre la persona de Jesús y de su obra. Así las
cosas hay intelectuales que se declaran incondicionalmente cristianos por
cultura y explican después por qué no son cristianos, o por qué lo son. Todos
ellos coinciden en prescindir de lo que se conoce como Magisterio oficial de la
Jerarquía eclesiástica sobre la figura de Jesús. ¿Es intelectualmente razonable
esta actitud? Ciertamente no, pero de momento sólo me interesa constatar el
hecho.
Desde
el punto de vista intelectual la cuestión de fondo es siempre la misma: ¿Quién
es el Jesús real sin cuyo conocimiento resulta incomprensible el proceso de
formación de la civilización occidental y repercusión en el mundo entero?
Chopra ha hecho el siguiente balance de opiniones distribuidas en cinco grupos
emblemáticos: 1) El razonamiento literal. Según esta opinión el único Jesús
auténtico es aquel del que se habla en los relatos del Evangelio y no hay
necesidad de buscarlo en ninguna otra parte. 2) El argumento racionalista. En
los sectores racionalistas radicales se piensa que los datos objetivos sobre la
figura de Jesús se desvanecieron con el tiempo y los relatos evangélicos no
constituyen una prueba fiable de la existencia de la persona de Jesús. 3) El
razonamiento místico. El auténtico Jesús jamás tuvo existencia física ya que no
es otra cosa que el Espíritu Santo. 4) El razonamiento escéptico. Jesús jamás
existió en la realidad sino que es pura fantasía, fruto de la imaginación
teológica. 5) El razonamiento basado en la conciencia. O lo que es igual, Jesús
sólo existe en nuestra conciencia al nivel de la conciencia de Dios. Como es
sabido, del intento apasionado por ofrecer una figura de Jesús lo más fiel
posible desde el punto de vista intelectual, surgieron las célebres “herejías
cristológicas” como opiniones enfrentadas en el seno de la cristiandad.
5. Opiniones “basura” sobre Jesús
Lo
mismo que se habla de televisión e información “basura” se puede hablar de
opiniones “basura” sobre la figura de Jesús. Las primeras se encuentran ya en
los evangelios apócrifos en los que se trata de suplir con la imaginación lo
que históricamente era desconocido. Actualmente están de moda los escritos
sobre Jesús vinculados a corrientes exotéricas y gnósticas en el contexto de la
denominada New Age. Hay librerías
saturadas de libros sensacionalistas en los que se presentan imágenes y
opiniones sobre Cristo desde el exoterismo
de peor gusto hasta la religiosidad gnóstica razonablemente más
sospechosa. Otras veces la opinión sobre Jesús va asociada al “secreto” de los
templarios o la teosofía y la pseudo-mística. El periodismo sensacionalista,
los artistas faltos de juicio y la literatura fantástica e irresponsable tienen
aquí el terreno abonado para sembrar sinrazones y cosechar dinero representando
y escribiendo sobre los presuntos matrimonios, amores y fracasos de Jesús, sin
olvidar la competencia por situar su lugar de nacimiento fuera de Palestina. Este
tipo de literatura crea morbo y produce dinero. Probablemente esa es la causa
principal de su éxito.
Otras
veces se falsea deliberadamente la realidad histórica de Jesús en nombre del
derecho a la libertad de expresión. Como ejemplos recientes emblemáticos de
esta actitud a escala mundial cabe recordar, entre otros, el film La última tentación de Cristo, de
Scorsese, y más aún la novela de Dan Brown El
Código da Vinci. Ningún estudioso serio de la figura de Cristo se siente
cómodo con este tipo de literatura y arte “basura”. En todos estos escritos y
representaciones hay una intención subliminal intelectualmente obscena por
parte de sus autores, incompatible con la objetividad histórica y la razonabilidad.
En mi opinión también merece ser catalogada entre la “cristología basura” la
pretensión de algunos que han presentando a Jesús como un líder político
nacionalista condenado a muerte por los romanos por delito de sedición. Lo
mismo cabe decir de las publicaciones sensacionalistas en boga en las que se
hacen hipótesis ridículas sobre la vida de Jesús inspiradas en la literatura
nóstica y apócrifa.
6. La Cristología como conocimiento
acerca de la persona de Cristo
El
término Cristología significa literalmente el estudio o discurso cognitivo
sobre la persona de Cristo. Tomando esta referencia como punto de partida
resulta fácil divisar el panorama histórico y humano que se nos ofrece a la
vista. En términos globales la Cristología o discurso cognitivo sobre Cristo
abarca cualquier aspecto referido prioritariamente al conocimiento de su
persona, como son las diversas opiniones vertidas sobre Él a lo largo de la
historia, los tratados académicos de Cristología y las biografías sobre Cristo.
Hecha esta aclaración inicial cabe deslindar esos campos de conocimiento de
acuerdo con los modelos de estudio siguientes.
1) Modelo bíblico
Su
objeto principal de estudio son los textos de la Biblia y los especialistas en
este tipo de investigaciones son los exegetas y profesores de Sagrada Escritura
en los centros teológicos. Primero se estudia la integridad, autenticidad y
valor histórico de los textos recibidos para después descubrir el mensaje
teológico que se nos ha intentado transmitir con ellos. Y como esos escritos,
sobre todo los del Nuevo Testamento, giran directa o indirectamente todos en
torno a los hechos y dichos de Cristo, cabe hacer un balance de su personalidad
siguiéndolos de cerca. Como obra magistral de referencia de este modelo de
Cristología bíblica cabe destacar, entre otras muchas, la Vida de Jesucristo según el Evangelio de Joseph M. LAGRANGE, O.P.
En este contexto se incluyen también bastantes de los proyectos biográficos o
monografías sobre la vida de Cristo escritas por creyentes que trataron de
profundizar en los fundamentos de su fe.
2) Modelo histórico-eclesiástico
Por
los relatos evangélicos sabemos que los hombres y mujeres que siguieron de
cerca a Jesús durante su vida mortal sólo después de Pentecostés entendieron
que los rasgos esenciales de la personalidad de Jesús desbordaban por completo
sus expectativas. Antes de la resurrección estuvieron convencidos de que con su
muerte se habían frustrado las esperanzas que habían puesto en Él. Incluso
durante el periodo de tiempo transcurrido desde la Resurrección a Pentecostés,
la idea que se habían formado de Cristo era todavía inmadura. Incluso en la
primera Iglesia de Jerusalén hubo cristianos vinculados a la Sinagoga hasta su
expulsión y surgió la conveniencia de poner por escrito los hechos y dichos más
relevantes de Jesús a fin de que no se borrara su memoria con el paso del
tiempo, y con ellos poder hacer frente a las diversas opiniones que empezaron a
surgir sobre la verdadera personalidad del Crucificado, resucitado y no más
visible ante sus ojos en este mundo. No en vano el relato evangélico de Mateo
tiene todos los visos de estar destinado a afirmar entre los judíos cristianos la
mesianidad de Jesús, pronosticada en el Antiguo Testamento. Los otros relatos
evangélicos coinciden plenamente en destacar la personalidad divina de Cristo,
lo mismo entre judíos que entre paganos. Con la desaparición de los que conocieron
de vista a Jesús y de sus inmediatos colaboradores se acentuó el debate sobre
su verdadera personalidad bajo el influjo de las persecuciones y de la cultura
dominante nada favorable a las tesis teológicas de los relatos evangélicos.
Fueron
surgiendo así las denominadas herejías cristológicas. Para unos Cristo mereció
ser llamado Dios, pero sin dejar de ser hombre. Para otros, en cambio, fue Dios
por encima de todo con rasgos humanos sólo aparentes. Prevaleció la convicción
de que Jesús fue plenamente Dios y hombre al mismo tiempo. Pero tampoco en este
punto las cosas parecían claras y surgieron corrientes teológicas en constante
pelea sin excluir en algunos casos la violencia entre los seguidores de una u
otra opinión. La historia de las herejías cristológicas es una paradoja
dramática. Por una parte demuestra el interés por conocer lo más y mejor
posible los rasgos personales y el pensamiento de un ser maravilloso y
sobrehumano como Jesucristo, y, por otra, pone de manifiesto hasta qué punto
durante esas peleas dialécticas muchas veces se violó el mandamiento del
respeto y del amor que el propio Cristo había convertido en piedra angular de
toda convivencia humana.
El
número de los seguidores de Cristo se incrementó durante los siglos pero se
produjeron también grandes divisiones internas entre ellos debido en buena
parte a las diversas formas de entender y aplicar el mensaje de Cristo a la
vida personal y social. En el siglo XXI esas diversas percepciones de la
personalidad de Cristo se encuentran reflejadas en tres grandes sectores del
cristianismo conocidos genéricamente como católicos,
ortodoxos y protestantes. Pues bien, el modelo de Cristología que he denominado
histórico-cristológico es estudiado por los historiadores de la Iglesia y los
expertos en ecumenismo. Con esos estudios se trata de conocer lo más y mejor
posible la personalidad de Cristo y sus verdaderos objetivos redentores a fin
de resolver felizmente y sobre terreno firme los conflictos internos entre los
propios cristianos. De esta forma de conocer a Cristo se ocupan principalmente
los historiadores de la Iglesia en general, de los concilios en particular, y
del ecumenismo.
3) Modelo académico/racional
El
ser humano es por naturaleza reflexivo en el sentido de que siente la necesidad
de comprobar que los datos informativos que recibe se ajustan o no a la
realidad. De ahí que, desde el primer momento, los cristianos empezaron a
preguntarse y a preguntar a otros sobre la realidad de Cristo y el valor
salvador de su mensaje. Surgió así la reflexión teológica sobre la figura de
Jesús y su mensaje de salvación. Los protagonistas de este trabajo intelectual
son conocidos como teólogos sin más.
Su quehacer principal consiste en ordenar y pasar por el filtro de la razón los
datos suministrados por los exegetas y los historiadores de la Iglesia sobre
todo lo que se refiere a Dios en sí mismo y en relación con el mundo y la humanidad.
En ese contexto aparece la Cristología según el modelo racional. En este
sentido, cabe distinguir un modelo de Cristología rigurosamente racional, y
otro en el que se combina el modelo bíblico con el racional. Como ejemplo
práctico de Cristología estrictamente racional sobresale el presentado por
Tomás de Aquino en la tercera parte de la Suma
Teológica.
El
Aquinate da por conocidos los datos bíblicos sobre la personalidad de Cristo y
trata de ordenarlos mentalmente y de razonarlos. Por ejemplo, en base al dato
suministrado por la Cristología bíblica de que Dios se encarnó en la persona de
Cristo, la mente humana siente curiosidad por saber el motivo o razón por la
que tuvo lugar ese acontecimiento. ¿Es razonable que Dios se encarnara en la
humanidad de Cristo? ¿Cómo se produjo ese fenómeno? ¿Hubo diferencia alguna
sustancial entre la naturaleza humana de Cristo y la del resto de los mortales?
Y si fue un hombre de pies a cabeza ¿cómo se compagina esto con su muerte y
resurrección? El Aquinate elabora su tratado de Cristología formulando por
orden lógico una serie de preguntas con sus correspondientes respuestas entorno
a la persona de Cristo a fin de demostrar que los datos facilitados por la
Cristología bíblica pueden ser asumidos razonablemente.
Este
trabajo de conocer de forma razonable quién fue realmente Cristo, sus hechos y
dichos, se encuentra de forma más o menos lograda en todos los tratados
académicos de Cristología, cuyo objeto inmediato es prioritariamente cognitivo.
Queremos saber lo más y mejor posible todo lo que se refiere a Cristo. Estos estudios
cristológicos enriquecen nuestro conocimiento acerca de Cristo sin que ello
implique necesariamente una adhesión incondicional a su persona y a su mensaje.
Si la paradoja socrática no es aplicable a la vida humana en general, lo es
menos aún aplicada a los conocimientos sobre la persona de Cristo. Otra cosa es
que de su conocimiento real y objetivo resulte inevitable algún tipo de
admiración y seguimiento. Pero el paso de la adhesión a Cristo por la sola vía
del conocimiento racional al seguimiento por la fe religiosa no es ni puede ser
automático. De hecho la mayor parte de la gente lo ha conocido antes por la fe directa
que por las sendas de la intelectualidad. Hago estas precisiones para que se
entienda mejor la diferencia entre la Cristología clásica académica y la
Biocristología en el sentido que la vamos a definir después. La Cristología de
Tomás de Aquino, mal entendida, puede ser tildada de racionalista por los
líderes de la Biocristología. Pero no me interesa aquí entrar en esa
apasionante discusión. Los tratados de Cristología pura, como proyectos
académicos o de simple divulgación, se han multiplicado con el paso de los
siglos. Obviamente no podía ser de otra manera una vez que Cristo es la piedra
angular del cristianismo y de la civilización occidental.
Dando
ahora un salto del siglo XIII al siglo XXI me parece oportuno mencionar otros
dos ejemplos más de Cristología pura o cognitiva. Por ejemplo, la obra de
Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) Jesús de
Nazaret, en tres tomos. Es una obra estructurada según el modelo bíblico de
Lagrange, antes mencionado, pero con una carga cognitiva de alto voltaje.
Benedicto XVI antes de ser Papa fue un catedrático cualificado de teología y la
obra responde a la metodología y estilo de un profesional de la teología académica
que, como él mismo dice: “este libro no es en modo alguno un acto magisterial,
sino únicamente expresión de mi búsqueda personal “del rostro del señor” (cf.
Sal. 27,8). Por eso, cualquiera es libre de contradecirme. Pido sólo a los
lectores y lectoras esa benevolencia inicial, sin la cual no hay comprensión
posible”. De hecho, la obra es una respuesta intelectual para intelectuales de
la Cristología. Ya desde el principio
deja muy claro que “la grieta entre el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”
se hizo cada vez más profunda”. Benedicto XVI trata de desmontar
intelectualmente un tipo de Cristología que promociona la percepción de la
persona de Cristo exclusivamente desde la historiografía con lo cual se pierde
o se debilita la visión real y objetiva de la verdadera persona de Jesús el
llamado Cristo. Toda la obra es una respuesta intelectual a ese empobrecimiento
cognitivo producido por la teoría del Cristo
de la fe y el Cristo de la historia.
Así de claro ya en el prólogo: “Yo sólo he intentado, más allá de la
interpretación meramente histórico-crítica, aplicar los nuevos criterios
metodológicos, que nos permiten hacer una interpretación propiamente teológica
de la Biblia, que exigen la fe, sin por ello querer ni poder en modo alguno
renunciar a la seriedad histórica”.
Otro
ejemplo notable de cristología cognitiva de alta calidad es el tratado de
Felicísimo Martínez, O.P, Creer en
Jesucristo. Vivir en cristiano. Cristología y seguimiento (Estella, 2005).
Se trata, sin duda, de una obra magistral en la que el autor hace un discurso
cognitivo admirable sobre la persona de Cristo. Tiene de fondo, como Benedicto
XVI, la teoría dicotómica del Cristo de la fe y el Cristo de la historia. La
obra es extensa, magistralmente organizada, bien escrita y con un sentido
realista implacable. Cualquier discurso cognitivo serio sobre la persona de
Cristo tiene que respetar la integridad de su personalidad como ciudadano
palestino que vive, muere y resucita de entre los muertos. En nombre del
principio de realidad no se puede hacer una loguía
o discurso cristológico serio cercenando su personalidad terrenal o creando un
mito sobre su persona. Según este teólogo, la Cristología exige proponer todo
el significado de la persona, vida, muerte y resurrección de Cristo a los
hombres y mujeres de todos los tiempos de una forma integral sin separar los
atributos terrenales de la persona de Cristo de los ingredientes de la fe
religiosa en su persona.
No
existieron ni existen realmente dos Cristos, el histórico y el de la fe, sino
uno solo que vivió, murió y resucitó de entre los muertos en Palestina. Este es
el Cristo que la Cristología ha de proponer como paradigma o modelo de vida y
no otro. Hacer Cristología, por tanto, lleva consigo desentrañar cognitivamente
ese modelo de vida que ha quedado diseñado en Jesús de Nazaret y en todo lo que
Dios ha desvelado con su vida, muerte y resurrección. Cristología significa
conocer y hablar de forma razonable y realista de la vida, muerte y
resurrección de Cristo sin separar el núcleo histórico del núcleo de la fe, el
Jesús histórico del Cristo de la fe. Nos hallamos ante un tratado de
Cristología pura en el que el realismo cognitivo y la firmeza de la fe en
Cristo por parte del autor no sólo no se excluyen sino que se implican y
enriquecen al mismo tiempo. Dicho lo cual, me parece que ha llegado el momento
de hablar sobre el significado y utilidad del término Biocristología.
La
Cristología pura tradicional tiene un carácter prioritariamente cognitivo en
orden a garantizar un conocimiento lo más exhaustivo posible acerca de la persona
de Cristo y al mismo tiempo razonar el contenido de su mensaje de salvación
humana. Para ilustrar esta afirmación he citado un ejemplo emblemático del
siglo XIII y dos del siglo XXI. El lector puede completar estas referencias
consultando los tratados académicos procedentes de los profesores de
Cristología así como las monografías y biografías existentes sobre la persona
de Cristo. En todos ellos predomina la dimensión cognitiva sobre las vivencias
cristianas y las adhesiones a la persona de Cristo. Este es el aspecto que
quería destacar para que se vea ahora mejor dónde está la diferencia entre la
Cristología sin más y la Biocristología.
7. La Biocristología como impacto
directo de Cristo en la vida de las personas
La
introducción de este término puede parecer chocante si no pedante. Por ello me
apresuro a decir que no se trata de un capricho fuera de razón. Lo utilizo
tomando como referencia el neologismo Bioética,
el cual está invadiendo todos los campos del saber y generando una forma de
entender la vida humana al margen totalmente de las creencias religiosas. Como
termino de decir, la Cristología pura tradicional va asociada al conocimiento
de la persona de Cristo y de su mensaje salvador. Pero la persona de Cristo y
su expresión histórica en la cristiandad, así como el estilo o talante de su
seguimiento individual, son aspectos más complejos de lo que puede parecer a
simple vista. Por ello me ha parecido oportuno introducir el término Biocristología convencido de que nos
ayudará a esclarecer esos aspectos tan complejos. Así como la bioética, un
término felizmente acuñado en 1971 y de reciente aparición en los diccionarios,
hace referencia a toda especie de vida sobre la tierra, la Biocristología evoca
inmediatamente el impacto vital, positivo o negativo, que el conocimiento
acerca de la persona de Cristo ha producido en quienes se han acercado a Él, lo
mismo creyentes que no creyentes. Me refiero al hecho universalmente reconocido
por los expertos de que la irrupción directa de Cristo en la vida de las
personas ha dejado y sigue dejando una huella profunda difícil de borrar.
Llamo,
pues, BIOCRISTOLOGÍA a la loguía o
discurso sobre el impacto emocional que produjo la persona de Cristo con sus
hechos y dichos en quienes le conocieron directamente y en quienes le han
seguido a lo largo de la historia, cristianos y no cristianos. Mientras la
Cristología sin más centra prioritariamente su atención en la loguía o discurso
cognitivo sobre la persona de Cristo y su mensaje a la humanidad, la
Biocristología se centra prioritariamente en el impacto emocional de Cristo
sobre las personas que se han acercado o se acercan a Él de cualquier forma. En
este sentido la Biocristología tiene mucho que ver con la experiencia mística
personal y lo que se denomina “cristianía”. Pero es un concepto más amplio por
cuanto ese impacto sobre la vida de las personas, que es lo específico de la
biocristología, va más allá de la experiencia mística o talante cristiano de
cada persona o grupo que cree en Él o le sigue. La “cristianía” se refiere a
las diversas formas individuales de expresar la fe cristiana mientras que la
biocristología abarca al discurso sobre el impacto vital que el conocimiento de
Cristo produce en cualquier persona que se acerca a Él, lo mismo si es
religiosamente creyente como si no lo es. Ese impacto emocional se refleja en
las reacciones personales, lo mismo positivas que negativas, de quienes,
creyentes o no creyentes, se acercan a la persona de Cristo por la vía del
conocimiento, o de cualquiera de los avatares de la vida. De hecho, es
universalmente admitido que nadie que se acerca a la figura de Jesús queda
indiferente. Unos le siguen de forma incondicional, otros, los menos, se mofan
de Él, otros se conforman con admirar su persona y su obra, o bien tratan de
reducir al silencio su memoria, que es una actitud posmoderna muy frecuente. En
cualquier caso lo cierto es que nadie permanece indiferente ante la persona de
Cristo y su obra.
Los
primeros emocionalmente impactados por Jesús fueron sus propios conciudadanos
palestinos, sus primeros discípulos y, sobre todo, los apóstoles, entre los
cuales Pablo constituye un caso emblemático. La biocristología nació con sus
seguidores inmediatos desde que entraron en contacto con Él hasta Pentecostés.
Hasta aquel momento revelador decisivo sus discípulos y Apóstoles le siguieron
a golpes de impactos emocionales sin conocer a ciencia cierta si era o no era
el Mesías esperado y cómo había que interpretar sus hechos y dichos siempre
sorprendentes para unos y desconcertantes para otros. Los dos momentos
impactantes troncales, según los relatos evangélicos, fueron la sorpresa
inesperada de su resurrección o vuelta a la vida después de muerto, y el
fenómeno revelador de Pentecostés. Hasta Pentecostés no hubo cristología
propiamente dicha como loguía o
discurso intelectual sobre la persona de Cristo y su obra redentora. Hubo
biocristología sin más, en el sentido de que la gente le seguía tras ser
impactada emocionalmente por sus hechos y dichos y no como resultado final de
un proceso intelectual de conocimiento sobre su persona. El caso de Pablo de
Tarso es un ejemplo emblemático de biocristología práctica personal. Y lo mismo
puede decirse de cada uno de los Apóstoles, los cuales vivieron permanentemente
sorprendidos por Jesús hasta el día estelar de Pentecostés en que empezaron a
entender los hechos y dichos de Cristo.
A partir de aquel gran acontecimiento revelador se empezó a sentir con
el paso del tiempo la necesidad de iniciar estudios históricos, racionales e
interpretativos sobre la persona de Cristo y su obra redentora en el contexto
de nuestra historia personal y social.
Ahora
bien, el resultado de esos estudios es muy relativo porque está condicionado a
las limitaciones personales de conocimiento de cada investigador y su contexto social.
De ahí los diversos modelos de cristología surgidos a lo largo de veinte siglos
de historia del cristianismo. Hasta Pentecostés prevaleció la biocristología
como impacto emocional inmediato de la persona de Cristo sobre sus más
allegados y contemporáneos. Actualmente la biocristología se alimenta de la
práctica cristiana del amor y la experiencia de la vida, y convive con la Cristología
como discurso exegético, histórico, sistemático y místico sobre la persona de
Cristo y su obra redentora. Lo cual significa que es posible poseer
conocimientos objetivos de gran calidad sobre la persona de Cristo y carecer al
mismo tiempo del impacto de la fe religiosa en Él. Y viceversa. Hay personas
que llevan una vida cristiana ejemplar de acuerdo con los hechos y dichos de
Jesús sin poseer conocimientos exegéticos, históricos o teológicos científica o
académicamente significativos. Existen los cristianos que hacen el bien guiados
por la fe del carbonero y el sentido común y los cultos y eruditos sobre
cuestiones teológicas que hacen de su capa un sayo al margen de Cristo y de sus
reglas de vida.
La
realidad es que ni la Cristología como discurso cognitivo sobre los hechos y
dichos de Jesús conducen necesariamente a su seguimiento, ni la Biocristología
como impacto emocional de la persona de Cristo significa que la idea o
percepción subjetiva que se tiene de la persona de Cristo sea exacta o la más
perfecta. Ni en Cristología ni en Biocristología es válida la “paradoja
socrática”. La experiencia de la vida desmiente que el conocimiento objetivo de
la persona de Cristo (cristología pura) conduzca necesariamente al amor
cristiano, o que el seguimiento apasionado de Cristo (biocristología pura)
garantice automáticamente la calidad de nuestros conocimientos sobre sus hechos
y dichos. Lo ideal sería compaginar nuestra percepción cognitiva y emocional de
la persona de Cristo en lugar de separarlas, que es lo que actualmente está
ocurriendo. Como ejemplos prácticos de Biocristología a la altura de nuestro
tiempo me parece oportuno destacar a continuación cuatro obras. Una del siglo
XIX y tres actuales, que han suscitado reacciones críticas importantes.
8. La Vida de Jesús, de Ernesto Renán
(1823-1892)
Ernesto
Renán fue un hombre fascinado por la figura del Mesías y, como es sabido, se
embarcó en una crítica racionalista visceral contra el cristianismo. Hasta tal
extremo que su Vida de Jesús fue
considerada como una ofensa al mundo cristiano. Director del Colegio de
Francia, es autor de una Historia del pueblo de Israel y una Historia de los
orígenes del cristianismo y falleció en 1892. La Vida de Jesús de Renán puede
ser considerada como el modelo de referencia más emblemático de la biocristología
moderna en contraste con la Cristología sin más de todos los tiempos. Para
corroborar esta afirmación basta recordar algunos pasajes del último capítulo
de la obra donde hace una síntesis de lo que él consideraba como el carácter
esencial de la obra de Jesús.
El
impacto emocional de la persona de Jesús sobre los suyos debió ser tal que Renán
escribe: “La obra esencial de Jesús consistió en crearse alrededor suyo un
círculo de discípulos a quienes inspiró un afecto sin límites y en cuyo seno
depositó el germen de su nueva doctrina. Hacerse amar hasta el extremo de no
cesar de amarle después de su muerte; he ahí la obra maestra de Jesús, la que
más admiración causó a sus contemporáneos. Su doctrina era tan poco dogmática,
que jamás se le ocurrió escribirla ni mandar que la escribiesen. Para ser
discípulo de Jesús no se necesitaba creer en tal o cual cosa, lo que se
necesitaba era adherirse a él, amarle entrañablemente. Lo que después de su
muerte quedó de él fueron algunas sentencias que desde muy temprano se
recogieron de memoria y, sobre todo, su tipo moral y la impresión que había
producido”. Según Renán, los doctores de la Iglesia griega, a partir del siglo
IV, condujeron a los cristianos por una senda de discusiones metafísicas
pueriles, y los escolásticos medievales latinos terminaron reduciendo el
mensaje cristiano a una Suma colosal
de artículos, refiriéndose a la Suma
Teológica de Sto. Tomás. Unos y otros no habrían hecho otra cosa que
desviar y corromper el mensaje cristiano original, que no habría sido otro que
“adherirse a Jesús con la esperanza del reino de Dios: tal fue, matiza Renán,
lo que en un principio se llamó ser cristiano”. Más adelante pone a Cristo en el nivel de los
grandes hombres de la historia con estas palabras: “Jesús fundó la religión de
la humanidad, así como Sócrates fundó la filosofía y Aristóteles fundó la
ciencia. Antes de Aristóteles y de Sócrates hubo ciencia y filosofía; después
de ellos, la filosofía y la ciencia han hecho inmensos progresos; pero todos
sus adelantos descansan en la ancha base establecida por aquellos grandes
hombres. De igual manera, la idea religiosa había atravesado antes de Jesús
muchas revoluciones; después de Jesús se han hecho grandes conquistas; pero ni
se ha salido ni podrá salirse nunca de la noción creada por el mártir del
Gólgota, porque él fue quien fijó para siempre la idea del culto puro. Desde
este punto de vista la religión de Jesús es ilimitada. Jesús permanecerá siendo
en religión el creador del sentimiento puro y no habrá nada más allá del Sermón
de la montaña”. Y añade: “Ninguna revolución podrá impedir que sigamos en
materia religiosa la gran idea intelectual y moral a cuyo frente brilla el
nombre de Jesús. Bajo este concepto somos cristianos aún separándonos sobre
casi todos los puntos de la tradición que nos ha precedido”. Y en otro lugar: “Jesús salió sin duda del
judaísmo; pero salió de él como Sócrates salió de las escuelas de sofistas,
como Lutero de la Edad Media, como Lamennais del catolicismo y Rousseau del
siglo dieciocho”. Jesús, además, habría consumado
una ruptura en toda regla con el judaísmo y no estuvo exento de faltas y
pecados. A pesar de todo, cualesquiera que sean los acontecimientos que tengan
lugar en el futuro, “nadie sobrepujará a Jesús. Su culto se rejuvenecerá
incesantemente, su leyenda provocará lágrimas sin cuento, su martirio
enternecerá los mejores corazones y todos los siglos proclamarán que entre los
hijos de los hombres no ha nacido ninguno que pueda comparársele”. Con estas
palabras concluyó Ernest Renán su famosa y polémica obra Vida de Jesús.
Renán
fue un hombre fascinado por la persona y el mensaje humanístico de Jesús y, en
consecuencia, no planteó ninguna duda sobre su existencia y la necesidad
práctica de asumir sus enseñanzas. Sin embargo, fascinado también por la
mentalidad racionalista de la época, consideró que la Iglesia y sus teólogos
habrían deformado a lo largo de la historia el verdadero rostro de Cristo y de
su mensaje humanitario. De ahí que Renán se planteara la cuestión sobre su
abandono de la Iglesia convencido de que, para ser cristiano, lo único
necesario es seguir a Cristo por libre como referente supremo de humanidad en
este mundo y para este mundo. Renán estaba fascinado por la persona de Jesús y
decepcionado por el trato que, según él, había recibido por parte de la Iglesia
y sus teólogos atribuyendo a Cristo una condición divina que Renán interpretaba
como afirmación de su grandeza humana incomparable y nada más. Para Renán, como
para cualquier racionalista de la estricta observancia, si Dios existiera,
Cristo sería lo más parecido a Él. El calificativo de “divino” se aplica con
frecuencia a personas y cosas dotadas de cualidades extraordinarias, entre las
cuales se encuentra la persona y la obra de Cristo. Eso es todo, según Renán.
Todo lo demás serían imposiciones dogmáticas por parte de la Iglesia y de sus
teólogos más incondicionales. Renán puede
ser considerado como el padre de la actual biocristología como alternativa a la
cristología cognitiva tradicional. En este contexto se ignora o niega el carácter
realmente divino de la persona de Cristo, se afirma el valor histórico y
humanitario de su mensaje al tiempo que se prescinde del modelo cristológico
legado por la Iglesia. Cristo no es el rostro visible de Dios ni conduce a Dios
sino a la cumbre de la perfección humana y social. En el mejor de los casos, según
otros, la persona de Cristo nos acerca siempre a Dios de una manera peculiar y
nos deja con Él. Eso sí, más por la vía libre que acatando el Magisterio
secular de la Iglesia sobre la figura y la obra de Jesús. En esta línea cabe
destacar las tres obras siguientes por su buena aceptación publicitaria y
comercial.
9. Última noticia de Jesús el Nazareno
En
1997 el periodista Lluís Busquets Grabulosa publicó la obra titulada Última noticia de Jesús el nazareno, la
cual puede ser considerada como otro referente de actualidad interesante para
definir el significado la biocristología por relación a la Cristología propiamente
dicha. El autor se confiesa creyente, ha realizado estudios superiores de teología
y en su profesión de escritor y periodista ha cultivado el género novelístico.
Con estos datos sólo quiero resaltar la cualidad de buen comunicador del autor.
La obra lleva el prólogo del Obispo Pedro Casaldáliga, el cual escribe: “Has
escrito un libro oportunísimo. Entre la maraña de novelas y películas, de
ignorancia y curiosidad, de diatribas confesionales y de aterradoras
iconoclastias, tú, en tanto que “un humilde secular creyente”, como dices,
haces serena, crítica y libremente confesión de fe en Jesús el Mesías. Una confesión
fundamentada “a partir de los últimos datos exegéticos y arqueológicos y desde
la perspectiva de la teología de la liberación”. Entre los simpatizantes del
enfoque de Busquets, Josep María Terricabras se expresó así: “Una obra que
critica la falta de fidelidad al mensaje y la obra de Jesús expresadas por la
Iglesia Católica, pero desde una versión de creyente. En palabras del autor,
“creo en Jesús, pero no en un Jesús mitificado y flagelado de esa forma”. El prólogo de Casaldáliga es una carta muy
emotiva al autor, el cual, a su vez, justifica la publicación del libro con
otra confesión emocional (a corazón abierto) con la pretensión explícita de
plasmar una nueva imagen de Jesús en estos primeros años del siglo XXI.
Busquets, como Renán, es un hombre impactado y fascinado por la figura de Jesús
el cual ha rasgado los tiempos históricos. Sin embargo, la Iglesia habría
desviado su mensaje a lo largo de la historia y él se considera llamado a
recomponer el verdadero rostro histórico de Jesús desfigurado. Nos encontramos
ante un periodista que ha estudiado teología y quiere desmitificar la figura de
Jesucristo.
Uno
de los referentes de fondo para llevar a buen término este trabajo, además del
estudio minucioso de los datos históricos, sería la teología de la liberación
como criterio y punto de mira. En la conclusión del libro el autor hace su
propia confesión de fe en Jesucristo redactando “un Credo, mi propio Credo
–matiza-, porque no sabía cómo terminar todo mi proceso desconstructor y reconstructor.
Lo escribí sólo para mí”. Este proceso desconstructor y reconstructor significa
desmontar desde los cimientos la imagen de Cristo transmitida a lo largo de los
siglos por la Iglesia institucional para reconstruirla a su imagen y semejanza.
Quiero decir, a imagen y semejanza de la percepción cognitiva y emocional del
propio Busquets. Las últimas palabras
conclusivas son una amenaza implícita a la Iglesia. “Si esta Última noticia de Jesús el Nazareno, esta
bienintencionada deconstrucción-reconstrucción, se tilda con cualquier adjetivo
anatematizador, entonces quizás habrá llegado el momento de exigir a la Iglesia
su valiente desconstrucción y reconstrucción, con coraje y sin excusas, que
para esto tiene universidades y expertos –no simples diletantes más o menos
cualificados como un servidor- que manejan documentos de primer orden y pueden
estudiar los textos bíblicos con toda la atención y profundidad que requieren.
Porque sin reconstrucción corremos el riesgo de que sólo nos quede el disfraz
de un Jesús reflejado en mil espejuelos, un Jesús de mascarada pseudo-cubista,
que podría resultar una caricatura, una estafa o -lo que sería peor- la nada
como base en la que apoyar nuestra fe”. Sorprendentemente esta obra no suscitó
ninguna polémica digna de mención por parte de los profesionales de la
Cristología. ¿Porque sus fallos cognitivos y puntos de mira tendenciosos y
amenazadores resultan demasiado manifiestos?
10. El “tercer Jesús”
¿Quién
es Jesucristo? Esta es la cuestión. El autor de El tercer Jesús nos da una respuesta en la que desafía las
creencias actuales sobre la persona de Jesús. Según Deepak Chopra, no hay un
solo Jesús, sino tres. En primer lugar, hay un Jesús histórico que es el hombre
de carne y hueso que vivió hace dos mil años y cuyas enseñanzas constituyen la
base de la teología y del pensamiento cristiano. El segundo Jesús es el hijo de
Dios, o sea, el que ha llegado a encarnar una religión institucionalizada con
devotos creyentes. Y detrás de esas dos imágenes se encuentra el Jesúa o Cristo cósmico, que sería el guía espiritual cuyas enseñanzas se
dirigen a toda la humanidad. Este Jesús cósmico, según Chopra, es el que habla
a los individuos que desean encontrar a Dios como experiencia personal y
alcanzar la iluminación espiritual. Al interpretar el Nuevo Testamento de esta
manera volviendo, según él, a lo esencial del mensaje de Jesús, el tercer Jesús
es capaz de transformar nuestras vidas y a la humanidad. Según palabras del autor durante una
entrevista (El Mundo/12/VII/2008): “Creo, dijo, que para entender a Jesús no
hay ninguna necesidad de abrazar los dogmas del cristianismo. Es más, no creo
que Jesús fuera cristiano si viviera hoy en día. Tampoco creo que Buda fuera
budista, ni Mahoma musulmán. Las religiones son instituciones que se crean
mucho después, e interpretan a su manera las enseñanzas originales de los
dogmas. ¿Cuándo surge el cristianismo como institución? Unos 300 años después
de Cristo, y en ese momento ya no tiene nada que ver con Jesús. Lo digo con
todos mis respetos, pues yo mismo me eduqué en una escuela católica y en su
momento me atrajeron todos sus rituales. Pero
aquella idea de Dios como una figura todopoderosa a la que hay que tener miedo
es muy distinta a la idea de Dios que tengo ahora. Y también la idea de Jesús:
yo reivindico un “Cristo cósmico”, un guía espiritual que puede valer por igual
a toda la humanidad sin necesidad de abrazar un credo”. Textualmente: “Hay un
Jesús histórico, acerca del que sabemos muy poco. Hay otro Jesús del que se ha
apoderado el cristianismo; fue creado por la Iglesia para satisfacer sus
intereses. El tercer Jesús, sobre el que trata este libro, es tan desconocido
que ni los más devotos cristianos sospechan de su existencia. Y sin embargo ese
es el Cristo que no podemos-no debemos-ignorar”. Y en otro lugar: “…con el
correr de los siglos las enseñanzas de Jesús se han confundido, ocultado,
alterado, corrompido o perdido”. Más aún: “Huestes de santos, concilios
eclesiásticos, sabios teólogos y papas han alterado las enseñanzas de Jesús
asumiendo su autoridad”.
Deepak
Chopra, indio de origen, médico de profesión y educado durante algún tiempo en
la escuela católica, es actualmente el principal representante del sincretismo
posmodernidad-new age e hinduismo tradicional. Cualquier cosa menos un hombre
que cultiva la razón objetiva y serena. Su visión de Cristo se encuentra
plenamente en la línea del impacto emocional que caracteriza a la
biocristología así como la apología de la conciencia y de las creencias personales
frente a cualquier imposición o norma dogmática proveniente de las religiones
tradicionales. Chopra reconoce la grandeza e importancia de la figura de Cristo
pero lo descabeza reivindicando la figura de un Cristo a su imagen y semejanza
emocional e hinduista contra la imagen cristológica o cognitiva transmitida por
la Iglesia y la historia cristiana a lo largo y tendido de veinte siglos. Esta
ingeniosa proposición de un tercer Cristo sería aceptable como crítica a las
miserias humanas de los cristianos de todos los tiempos, pero no lo es en
absoluto como proposición cristológica seria y responsable.
11. Jesús. Aproximación histórica
Si
el libro de Busquets pasó casi desapercibido fuera del mundo de allegados y
amigos, no así el de José Antonio Pagola. Esta obra tuvo un gran éxito editorial
inmediato y dio lugar a una cascada de críticas negativas que culminaron con
una Nota desfavorable de la
Conferencia Episcopal Española. El enfoque biocristológico del libro de José
Antonio Pagola aparece ya en la presentación o prólogo. Jesús es un galileo
fascinante sobre el cual no es posible escribir una biografía en el sentido
moderno de la palabra. “Sin embargo –dice- conocemos el impacto que produjo
Jesús en quienes le conocieron. Sabemos cómo fue recordado: el perfil de su
persona, los rasgos básicos de su actuación, las líneas de fuerza y el
contenido esencial de su mensaje, la atracción que despertó en algunos y la
hostilidad que generó en otros”.
¿Qué
es lo que impactó y fascinó a los que conocieron a Jesús? ¿Qué es lo que
percibieron de Él y de su actuación y su mensaje? Esto es lo que el autor nos
ha querido contar: la experiencia que vivieron quienes se encontraron con
Jesús. Y matiza: “La reflexión teológica es necesaria e indispensable para
ahondar en la fe cristiana, pero no podemos permitir que quede encerrada en
conceptos y esquemas que van perdiendo su fuerza en la medida en que la
experiencia humana va evolucionando. La vida concreta de Jesús es la que sacude
el alma; sus palabras sencillas y penetrantes seducen”. Y matiza: “Es difícil
acercarse a él y no quedar atraído por su persona”. Por si cupieran dudas,
confiesa abiertamente que escribe este libro “desde la Iglesia católica” y que
se siente “lejos de haber captado todo el misterio de Jesús. Sólo espero no
haberlo traicionado demasiado. En cualquier caso, añade, el encuentro con Jesús
no es fruto de la investigación histórica ni de la reflexión doctrinal. Sólo
acontece en la adhesión interior y en el seguimiento fiel”.
Confieso
que cuando comencé a leer este libro sin más conocimiento del mismo que la
noticia de su publicación, tuve una inicial sensación de agrado por la forma
literaria y el modo atractivo de incitar a conocer a Jesús. Pero a medida que
avanzaba en su lectura surgían las sorpresas. Empecé a tener la impresión de
que había importantes omisiones deliberadas, interpretaciones emocionales poco
o nada objetivas de pasajes bíblicos, así como la proposición emotiva de un
Cristo histórico edulcorado con poca base real contra otro Cristo presuntamente
inventado por los creyentes e impuesto por la Iglesia. Así las cosas, busqué
información y me encontré con algunas declaraciones críticas importantes
provenientes de expertos en cristología. Luego conocí la respuesta que el autor
publicó a esas primeras críticas, en la cual se confirmó mi sospecha de que la
obra en cuestión no podía ser catalogada como un estudio cristológico cognitivo
propiamente dicho sino como un modelo típico de lo que he denominado biocristología
al estilo de Renán, Chopra y Busquets con un destaque del impacto emocional aún
más explícito y atractivo.
José
Antonio Pagola respondió en Internet a las primeras críticas de su obra
quejándose de que en la diócesis de Tarazona habían aparecido diversos escritos
“contra mi libro y contra mi persona”. Luego dice que estas críticas le han
hecho bien porque le han ayudado a rezar mejor algunos salmos y a seguir a
Jesús más de cerca que nunca. En el párrafo tercero dice que reza por los que
le condenan y rechazan en un momento de profunda crisis “que estamos sufriendo
todos sin saber exactamente cómo caminar hacia un futuro más fiel al
Evangelio”. Luego, hablando siempre en plural, dice creer que “nuestro problema
principal no es la precisión teológica en la formulación de la doctrina de la
Iglesia” sino la actitud de conversión a Dios. Confiesa que se le parte el alma
al ver cómo sufren con él sus familiares y amigos. Más aún: “Pienso también en
lo que pueden sufrir pronto el obispo de Tarazona y quienes me condenan, al menos
si leen y escuchan lo que se está diciendo contra ellos”. No sabe si ese
sufrimiento es necesario pero él trata de humanizarlo y orientarlo “hacia la
búsqueda de una Iglesia más fiel al evangelio”.
En
el número sexto confiesa tener la impresión de “que algunos sectores de la
Iglesia quieren acallar mi voz y apagarla. Según ellos, hace daño a la
Iglesia”. Así las cosas anuncia que se está preparando “para responder a tanto
ataque y condena”. Eso sí, en tono evangélico y buenas palabras, no tanto para
defender su libro cuanto para que la Iglesia se convierta y sobreviva entre
nosotros. Y termina: “Lo que busco es que no seamos los teólogos ni los obispos
los que cerremos a la gente sencilla las puertas para encontrarse con
Jesucristo, el único que puede salvar a nuestra Iglesia. Me esforzaré por
mostrar mi verdad humana, cristiana y teológica con mi vida más que con mis
escritos”.
Como
puede observarse, esta respuesta de José Antonio Pagola es emocional y no
responde a las críticas que le hacen desde el análisis objetivo de las mismas.
Se declara víctima y anuncia que se prepara para responder “a tanto ataque y
condena” e implica en su dolor a familiares y amigos. Por otra parte, en lugar
de asumir la responsabilidad personal de lo que escribe en su libro, como hace
cualquier autor responsable, habla en plural implicando a teólogos y a la
Iglesia en general como si su punto de vista sobre la persona y personalidad de
Cristo debiera ser compartido “a priori” por todos como garantía de verdad.
Nuestro autor responde a las críticas expresando su estado emocional y buena
intención pero no responde objetivamente a las críticas que le han dirigido.
Pero veamos si en la respuesta prometida con más calma emocional supera estos
defectos.
12. La respuesta prometida
Con
el título La verdad nos hará libres
José Antonio Pagola publicó en enero del 2008 la respuesta prometida a lo largo
de 22 densos folios. En la introducción se reafirmó en la intencionalidad de su
obra repitiendo casi literalmente las palabras antes citadas: “Lo que busco es
que no seamos los teólogos ni la jerarquía los que cerremos a la gente sencilla
las puertas para un encuentro vital y renovador con Jesús y con su evangelio.
No quiero juzgar a los autores de estos escritos ni a quienes se afanan por
difundirlos”. Y poco después: “Sólo quiero ayudar a la gente a conocer, amar y
seguir más fielmente a Jesucristo”.
La
respuesta está articulada en diez apartados en cada uno de los cuales expone lo
que dicen sus críticos y su respuesta para terminar dirigiendo unas preguntas a
los mismos. Globalmente esta extensa respuesta adolece de un defecto
fundamental que consiste en abusar sistemáticamente de la conocida falacia
dialéctica del argumento “ad hominem”. En lugar de refutar o desautorizar el
contenido de las críticas que le dirigen centra su atención en desautorizar a
las personas que le critican. Por ejemplo, termina el apartado primero dejando
en el aire esta pregunta: “¿Es este el lenguaje y la actitud que hemos de
promover en la Iglesia para crear comunión y diálogo en el seguimiento fiel a
Jesús?”. Pagola ha descrito con gran
fidelidad las críticas que le han dirigido y como respuesta se limita a dejar
estas preguntas en el aire contra las personas que han criticado su libro. Se
olvida de que aún en el caso de que el lenguaje utilizado por sus críticos no
fuera el adecuado, de ahí no se sigue que el contenido de las críticas no sea
objetivo y verdadero.
Otro
ejemplo tomado del final del apartado segundo. “¿Cómo se ha de explicar un
error tan grave en el análisis y la condena de mi libro por parte de este grupo
de autores? Se debe a que, según me dicen, ninguno de ellos es exegeta ni
biblista? ¿Se debe a un planteamiento precipitado? Pero, entonces, ¿cómo se
explica una condena pública tan rotunda, unánime y segura, sin escuchar al
autor y sin debatirlo entre teólogos? ¿No resulta particularmente insólita la
intervención de un obispo? ¿Es pastoralmente adecuado que el Obispo de una
Iglesia diocesana prescinda de la Conferencia Episcopal y del Obispo del autor,
para, después de una lectura individual, condenar públicamente un libro, a tres
meses de su aparición? Es este el camino mejor para orientar evangélicamente a
los creyentes?”
Y
así sistemáticamente termina los diez apartados con preguntas al aire
descalificando moralmente a sus críticos pero sin contestar casi nunca a sus
argumentos relacionados con el libro. Las mismas preguntas que hace a los
críticos son a veces chocantes y llenas de prejuicios. Por ejemplo, puede ser o
no ser pastoralmente prudente que un obispo se pronuncie por su cuenta y riesgo
a opinar sobre los escritos de un biblista o teólogo, pero está siempre en su
pleno derecho de hacerlo y en ocasiones en la obligación. Quien libremente
escribe y publica un libro tiene que reconocer a sus lectores el derecho a
expresar su opinión favorable o desfavorable del mismo. Leyendo la respuesta de
Pagola entre líneas, uno tiene la impresión de que él debe disfrutar de plena
libertad de expresión para escribir su libro pero no los lectores para
criticarlo. Resumiendo. La primera respuesta es, a todas luces, emocional y,
por lo mismo, carente de valor científico o teológico. En ella se refleja su
estado de ánimo inseguro frente a las críticas que hacen a su libro y a las que
no responde. En lugar de escuchar y tratar de comprender las razones de sus
críticos se emociona como si fuera atacada su persona y solicita ayuda
emocional de emergencia. Ahora bien, la respuesta emocional es el signo
inequívoco de que no se siente seguro de todo lo que dice en su libro. Cuando
uno escribe y está seguro de lo que dice o escribe no tiene miedo a las
críticas, y, si son objetivas, siempre se aprende algo de ellas. Y si no son
objetivas hay dos opciones fáciles. Una, responder, si se lo considera útil
para alguien, con aclaraciones y razonamientos pertinentes. Otra, pasar
elegantemente de largo sin entrar en polémica con nadie. Cualquier cosa menos
emocionarse e interpretar las críticas como un ataque personal creando una
situación de alarmismo para atraer la atención de todos. La segunda respuesta
incurre casi siempre en la falacia del argumento “ad hominem”, unas veces
echando balones fuera escudándose en que otros piensan igual que él, y más aún
interpretando las críticas como ataques personales sin responder de hecho a los
argumentos desfavorables de sus críticos. Con lo cual no quiero decir que a
estos les acompañe siempre la razón. No es mi propósito hacer aquí una crítica
personal pormenorizada de esta obra sino sólo ponerla como ejemplo de una forma
de hablar de Cristo cada vez más frecuente, que se desmarca de la cristología
cognitiva clásica y que he denominado biocristología.
La
intención del autor no puede ser mejor y no dudo del bien que la lectura del
libro puede hacer a un determinado tipo de lectores. A otros, en cambio, nos
deja a medio camino por su discutible metodología y en algunos casos por
defecto de contenido sólido. El hecho de que sea sólo una “aproximación” a la
figura de Jesús no justifica eludir sistemáticamente cuestiones importantes o
infravalorar textos de los relatos evangélicos de difícil interpretación sin
aportar las pruebas que legitimen el trato que les dispensa. Dicho lo cual, me
es grato añadir lo siguiente. Cuando yo hice la propuesta de distinguir entre
la cristología cognitiva en sentido amplio y sus diversos modelos, y la biocristología
o cristología del impacto de los hechos y dichos de Jesús sobre las personas,
me pareció que el libro de José Antonio Pagola, para comprender su valor, había
que ubicarlo en este contexto bio-cristológico y no estrictamente cristológico.
Pues bien, me ha resultado grato constatar que el propio Pagola me ha dado la
razón en el segundo apartado de su segunda respuesta a los críticos hablando de
la verdadera naturaleza de un estudio histórico de Jesús.
En
este lugar acusa a sus críticos de no distinguir entre “investigación
histórica” y “cristología”. Dice textualmente: “Siempre ha buscado la teología
católica diferenciar bien el estudio de la dimensión humana de Jesús
(jesuología) y el estudio de la fe cristiana en Jesucristo, Hijo de Dios hecho
hombre por nuestra salvación (cristología). Pero hemos de agradecer de manera
especial las precisiones llevadas a cabo por John. P. Meier, el más eminente
investigador católico sobre el Jesús histórico en su obra «Un judío marginal:
nueva visión del Jesús histórico». Este esfuerzo clarificador de Meier ha sido
aceptado de manera muy positiva por la mayoría de los exegetas católicos
(aunque con algunas matizaciones) y su obra ha sido considerada por Benedicto
XVI como «modelo de exégesis histórico-crítica en la que se ponen de manifiesto
tanto la importancia como los límites de esta disciplina» (Jesús de Nazaret,
p.144). Siguiendo sobre todo a Meier, los investigadores católicos distinguen hoy
claramente entre un «estudio histórico sobre Jesús», llevado a cabo según los
criterios propuestos por la Pontificia Comisión Bíblica (La interpretación de
la Biblia en la Iglesia) en 1993, y la «cristología» que es el tratado de
teología dogmática que estudia y expone el contenido de la fe en Jesucristo tal
como es confesada por la Iglesia católica”. Hecha esta distinción entre jesuología y cristología en sentido estricto, responde a sus críticos diciendo
que “exigen de un estudio de “aproximación histórica” a Jesús lo que sólo se ha
de pedir a la “cristología”. Y más adelante: “Analizan mi libro de
investigación histórica como si fuera un tratado de cristología”. E insiste:
“En mi libro no pretendo, como es natural, exponer una cristología”. Personalmente
tengo la impresión de que José Antonio Pagola ha escrito de hecho un tratado
atractivo “sui generis” sobre la persona de Jesús marginando deliberadamente el
magisterio de la Iglesia sobre algunos aspectos sustanciales de la persona y
obra de Cristo. Está en su derecho el hacerlo pero también en la obligación de
aceptar que los críticos manifiesten sus opiniones sobre lo que consideran
fallos metodológicos y carencias importantes de contenido en su libro. Sin
embargo, esta distinción entre jesuología
y cristolología, por más que parezca
una sutileza verbal, está en la línea de la distinción entre cristología y biocristología que yo propongo y cuya
utilidad no es despreciable. Después de
lo dicho sobre la obra de José Antonio Pagola es de honestidad intelectual
recordar las observaciones críticas presentadas en junio de 2008 por la
Conferencia Episcopal Española sobre dicha obra. Sobre todo teniendo en cuenta
que el autor no disimula en algún momento la pretensión de convertirse en
referente indispensable para conocer con objetividad la persona de Cristo. En
términos de la psicología moderna cabría decir que el autor está algo tocado
por el “complejo de redentor” como si la Iglesia y los cristianos tuviéramos
pocas perspectivas de futuro a menos que nos convirtamos a su modo de presentar
la figura de Jesús. Lo cual me parece una forma de pensar demasiado pesimista, por
un lado, y algo presumida y poco realista, por otro.
13. Nota de la Comisión Episcopal para
la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española
En
la reproducción del texto he omitido los párrafos protocolarios y las notas
técnicas del documento. “Desde el punto de vista metodológico, tres son las
deficiencias principales de la obra Jesús. Aproximación histórica: a) la
ruptura que, de hecho, se establece entre la fe y la historia; b) la
desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios; y, c) la lectura de
la historia de Jesús desde unos presupuestos que acaban tergiversándola. Las
deficiencias doctrinales pueden resumirse en seis: a) presentación
reduccionista de Jesús como un mero profeta; b) negación de su conciencia
filial divina; c) negación del sentido redentor dado por Jesús a su muerte; d)
oscurecimiento de la realidad del pecado y del sentido del perdón; e) negación
de la intención de Jesús de fundar la Iglesia como comunidad jerárquica; y, f)
confusión sobre el carácter histórico, real y trascendente de la resurrección
de Jesús”. Seguidamente el documento describe minuciosamente y valora estas
deficiencias.
1.
CUESTIONES METODOLÓGICAS
a) Ruptura entre fe e investigación
histórica
Los
escritos del Nuevo Testamento son, ciertamente, documentos de fe, pero «no [por
ello] son menos atendibles, en el conjunto de sus relatos, como testimonios
históricos». Los autores sagrados no se han limitado a poner por escrito sus
experiencias subjetivas en torno a Jesús, ni tampoco han recreado a la luz de
la Pascua una figura diferente de la que aconteció en la historia. La verdad
del relato evangélico se fundamenta tanto en la asistencia del Espíritu Santo
(inspiración) como en el testimonio histórico directo: Lo que hemos visto y
oído, os lo anunciamos (1 Jn 1, 3). Por eso la Iglesia no ha dejado nunca de
confiar en la historicidad de los relatos evangélicos: «La Santa Madre Iglesia
firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios,
cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de
Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de
ellos, hasta el día que fue levantado al cielo». La historicidad del testimonio
evangélico no queda alterada porque se haya realizado con «aquella crecida
inteligencia» nacida de la Pascua, pues los autores sagrados, aun dejando su
propia impronta, «siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús”.
En
la obra que nos ocupa: — Se asume acríticamente una ruptura entre la
investigación histórica sobre Jesús y la fe en Él, entre el llamado “Jesús
histórico” y el “Cristo de la fe”, dando la impresión de que la fe carece de un
fundamento histórico sólido. Ahora bien, si la fe de la Iglesia no tiene su
fundamento en la historia, entonces el cristianismo deriva en ideología;
— Parece sugerirse que para reconstruir la
figura histórica de Jesús haya que prescindir de la fe, bien porque la lectura
creyente de la historia sea simplemente una más entre otras posibles, bien
porque se piense que la fe conduce a una deformación de la historia. Sorprende
también comprobar cómo en esta obra se citan con igual autoridad escritos
canónicos y apócrifos (cf. p. ej. pp. 92-95). La consecuencia inevitable es la
confusión sobre el valor histórico de las fuentes empleadas, así como la
asunción acrítica del prejuicio liberal que considera la fe y su formulación
(el dogma) como una adulteración del auténtico dato histórico. No podemos
olvidar que la fijación del Canon tuvo como objetivo custodiar el testimonio
auténtico sobre Jesús preservándolo de posteriores interpretaciones
adulteradas. La fe apostólica no inventó la historia de Jesús, sino que la
custodió, convirtiéndose en la garantía de su autenticidad. El criterio para
discernir, custodiar y transmitir la autenticidad de lo atestiguado fue su
conformidad con la predicación de los apóstoles. Por eso, quien prescinde de la
fe apostólica se cierra a una auténtica aproximación histórica a Jesús.
b) Desconfianza en la historicidad de los
Evangelios
También
son frecuentes en el libro las referencias al carácter no histórico de muchas
de las escenas evangélicas (cf. p.ej. pp. 39, n.2; 206; 215, n. 12; 336-337;
349, n. 42; 363-364; 368; 377; 379; 429; 432) o a la dificultad para determinar
si describen acontecimientos reales o invenciones de los evangelistas (cf. pp.
372-373). Se podría decir que, para el Autor, la desconfianza frente al dato de
los evangelios es una condición para proceder con rigor en la investigación
histórica. Esta desconfianza es consecuencia de la ruptura que se establece
entre Jesús mismo (su vida y enseñanza) y el testimonio que sus seguidores
dieron de Él (cf. p. 118, n.9).
c) Aproximación a la historia desde
presupuestos ideológicos
La
reconstrucción histórica realizada por el Autor alterna datos supuestamente
históricos con recreaciones literarias inspiradas en la mentalidad actual,
adoptando, además, el análisis propio de la lucha de clases para describir el
entorno familiar, social, económico, político y religioso. El objetivo de esta
descripción es situar la actividad de Jesús y su predicación del Reino en un
horizonte preferentemente terreno. Así, al uso selectivo de los estudios
utilizados en la redacción del libro le corresponde una utilización igualmente
selectiva de las fuentes. Los relatos evangélicos son adaptaciones posteriores
cuando desmienten la propia tesis; son históricos cuando concuerdan con ella.
2.
CUESTIONES DOCTRINALES
El
objetivo del libro Jesús. Aproximación histórica es aproximarse a la figura de
Jesús desde el punto de vista histórico. El Autor desea responder a la pregunta
«¿Quién fue Jesús?» (p. 5), para «saber quién está en el origen de mi fe
cristiana»(p.5).
a) ¿Quién es Jesús de Nazaret?
Para
el Autor, el Jesús que realmente aconteció en la historia, es, ante todo, un
profeta. Los capítulos 3º (“Buscador de Dios”) y 11º (“Creyente fiel”) son muy
esclarecedores. Ciertamente, la obra comienza afirmando que «Jesús es la
encarnación de Dios», el «hombre en el que Dios se ha encarnado» (p. 7). Esas
afirmaciones aparecen también al exponer lo que los seguidores de Jesús, una
vez resucitado, predican sobre Jesús. Pero conviene advertir que para el Autor
todos estos modos de hablar de Jesús pertenecen a los discípulos, quienes,
después de la Pascua, han buscado el nombre para Jesús acudiendo, unas veces, a
la tradición judía, y, otras, a la terminología presente en el mundo pagano.
b) La conciencia filial de Jesús de Nazaret
Tan
importante como determinar la autenticidad histórica del testimonio es
determinar si el Jesucristo de la profesión de fe, realizada bajo la acción del
Espíritu Santo, es conforme a la pretensión del Jesús que vivió en un determinado
momento histórico. Si Jesús no se presentó a sí mismo como Dios y como Hijo de
Dios, ni reclamó para sí la fe que reclamó para el Padre, la posterior
confesión de fe de los apóstoles no fue más que una interpretación exagerada y,
en cuanto tal, deformadora de su maestro, formulada a partir de una Pascua que
ya no se sabe lo que es. La conciencia que Jesús tenía de sí y de su misión es
inseparable de la verdad histórica contenida en la profesión de fe. Sin la
verdad histórica, la profesión de fe se convierte en mito. Pues bien, el Autor
escribe a este respecto: «En ningún momento [Jesús] manifiesta pretensión
alguna de ser Dios... Tampoco se le condena por su pretensión de ser el
“Mesías” esperado... al parecer, Jesús nunca se pronunció abiertamente sobre su
persona» (p. 379). Esta afirmación contradice el dato histórico recogido en el
testimonio evangélico, custodiado y transmitido por la Iglesia apostólica.
Jesús, en efecto, es Dios, sabe que es Dios y habla continuamente de ello. Para
el Autor, que Jesús sea Hijo de Dios es una afirmación «de carácter
confesional» (p. 303) que no tiene su origen en el Jesús de la historia. La
respuesta a la pregunta “¿Quién es Jesús?” «sólo puede ser personal» (p. 463).
Presentado Jesús principalmente como un profeta, no extraña el silencio sobre
su concepción virginal, la afirmación sobre los “hermanos” de Jesús en sentido
propio y real (cf. p. 43, n.11), la negación de su conciencia filial y
mesiánica, la explicación meramente natural de los milagros (curaciones y
exorcismos), o el vaciamiento de contenido salvífico del lenguaje sobre la
muerte y la resurrección.
c) El
valor redentor de la muerte de Jesús
El
Autor afirma que el empeño fundamental de Jesús habría sido «despertar la fe en
la cercanía de Dios luchando contra el sufrimiento» (p. 175). El rasgo
principal de Dios mostrado por Jesús ha sido la compasión. Aunque se habla
extensamente de este rasgo, en el libro la compasión no pasa de ser un
sentimiento noble hacia los más desfavorecidos, pero no es, en sentido
estricto, un padecer con ellos y por ellos, en favor y en lugar de ellos. Y es
que, para el Autor, Jesús no dio ni a su vida ni a su muerte un sentido
sacrificial y redentor (cf. pp. 350-351). Si Jesús no ha dado a su vida y a su
muerte un sentido redentor, entonces también la compasión se vacía de su
contenido originario]. En esta misma línea, la última cena se presenta como una
solemne cena de despedida, con gestos simbólicos, cuya finalidad es que sus
seguidores le recuerden en el futuro. Con el pan y con el vino realizó unos
gestos proféticos, «compartidos por todos», convirtiendo «aquella cena de
despedida en una gran acción sacramental, la más importante de su vida, la que
mejor resume su servicio al reino de Dios... Quiere que sigan vinculados a él y
que alimenten en él su esperanza. Que lo recuerden siempre entregado a su
servicio» (p. 367). Las palabras Haced esto en memoria mía (1 Cor 11, 24; Lc
22, 21) «no pertenecen a la tradición más antigua. Probablemente provienen de
la liturgia cristiana posterior, pero sin duda ese fue el deseo de Jesús» (p.
367, n. 85). La cena es para que sus seguidores recuerden siempre a Jesús.
«Repitiendo aquella cena podrán alimentarse de su recuerdo y su presencia» (p.
367).
d)
La redención como liberación del pecado
La
concepción reduccionista de la obra redentora de Jesucristo se descubre también
en el silencio sobre la realidad del pecado. La razón de este silencio está en
la contraposición establecida entre Juan el Bautista y Jesús: la misión del
primero «está pensada y organizada en función del pecado... Por el contrario,
la preocupación primera de Jesús es el sufrimiento de los más desgraciados» (p.
174). Eso explica que para el Autor, Satán sea un símbolo del mal (p. 98), «la
personificación de ese mundo hostil que trabaja contra Dios y contra el ser
humano» (p. 98). Para el Autor, hablar de “Satán” es una forma mítica de
simbolizar toda forma de mal. De ello se deduce también el modo en que el Autor
entiende el perdón. «A estos pecadores que se sientan a su mesa, Jesús les
ofrece el perdón envuelto en acogida amistosa. No hay ninguna declaración; no
les absuelve de sus pecados; sencillamente los acoge como amigos» (p. 205). La
conversión es irrelevante (porque “el perdón es gratuito”) y las “declaraciones”
de perdón de los pecados por parte de Jesús, no se consideran auténticas,
porque en esas fórmulas «Dios aparece como un “juez”» (p. 206), y no es eso lo
que Jesús revela con su “perdón-acogida”. Jesús habría practicado un
“perdón-acogida”, pero no un “perdón-absolución”. Por más que se hable de
acogida, al final el Autor se aproxima más a una “acogida impuesta”, que hace
irrelevante la respuesta libre del hombre].
e) Jesús y la Iglesia
Según
el Autor, Jesús no tuvo intención de crear un grupo organizado y jerárquico,
sino que quiso poner en marcha un movimiento de hombres y mujeres, salidos del
pueblo y unidos a él, «para que ayuden a los demás a tomar conciencia de la
cercanía salvadora de Dios» (p. 269). Jesús ve a todos sus seguidores como una
familia (cf. p. 290). Nadie ejercerá en su grupo un poder dominante. Tampoco
hay diferencias jerárquicas entre varones y mujeres (cf. pp. 291-292).
f) La resurrección de Jesús
Al presentar la resurrección de Jesús, el
Autor, aunque afirma que es un hecho histórico y real, interpreta esta
historicidad en un sentido que no es conforme con la enseñanza de la Iglesia,
pues la entiende como algo que acontece en el corazón de los discípulos. Tampoco
es conforme con la fe de la Iglesia su modo de entender la resurrección del
cuerpo de Jesús y su explicación de la continuidad entre el cuerpo crucificado
y muerto, y el resucitado (cf. p. 433). Aunque afirma que la resurrección es
algo que le pasa a Jesús, se niega la referencia a su cuerpo real y se explica
como la convicción de los discípulos de que “Dios le ha llenado de vida”, sin
que se explique qué quiere decir con eso.
La NOTA
termina con las siguientes reflexiones críticas: “Teniendo en cuenta cuanto se
lleva dicho, se puede afirmar que el Autor parece sugerir indirectamente que
algunas propuestas fundamentales de la doctrina católica carecen de fundamento
histórico en Jesús. Este modo de proceder es dañino, pues acaba deslegitimando
la enseñanza de la Iglesia al carecer –según el Autor- de enraizamiento real en
Jesús y en la historia. En el libro no se quiere negar esa enseñanza pero, de
hecho, se muestra infundada. En el origen de las cuestiones señaladas se
encuentran dos presupuestos que condicionan negativamente la obra: la ruptura
entre la investigación histórica de Jesús y la fe en Él, y la interpretación de
la Sagrada Escritura al margen de la Tradición viva de la Iglesia. El Autor
parece dar a entender que, para mostrar la historia se debe dejar de lado la
fe, logrando como resultado una historia que es incompatible con la fe. El
problema no está sólo en pensar que se debe prescindir de la fe para saber
históricamente quién fue Jesús (éste es un prejuicio erróneo mantenido también
por numerosos exegetas que se dicen católicos)], sino sobre todo –dado que el
libro quiere ser una “aproximación histórica”- en reconstruir una historia, a
partir de un uso arbitrario de los evangelios, que resulta incompatible con la
fe. Si el “Jesús histórico” que muestra el Autor es incompatible con el Jesús
de la Iglesia, no es porque ésta haya inventado, con el pasar del tiempo, a un
Jesús diferente del que aconteció, sino porque la “historia” que se propone es
una historia falseada, aunque ésa, ciertamente, no sea su intención.
El
Autor se sirve en esta obra de investigaciones que mayoritariamente se
encuentran fuera de la Tradición, tanto por sus presupuestos metodológicos
(asumidos acríticamente), como por sus conclusiones. Los resultados a los que
llega son la derivación lógica de su punto de partida. La rápida difusión de la
obra Jesús. Aproximación histórica demuestra que, junto a los aspectos
deficientes señalados, posee otros positivos que hacen agradable su lectura. En
una presentación histórica sobre la figura de Jesús es deseable que se armonice
el rigor científico con el lenguaje sencillo y divulgativo. Sin embargo, cuando
la apariencia de rigor oculta deficiencias metodológicas y doctrinales, la
fluidez literaria causa confusión y siembra dudas. El fin de esta Nota no es
otro que despejar la confusión y las dudas, y reiterar con el autor de la Carta
a los Hebreos: Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo y lo será siempre. No os
dejéis seducir por doctrinas varias y extrañas. Mejor es fortalecer el corazón
con la gracia que con alimentos que nada aprovecharon a los que siguieron ese
camino (Hb 13, 8-9)”.
14. Aclaraciones críticas
La
introducción del término biocristología es
novedosa, como novedoso es el concepto de “cristología basura” y deseo que no
haya malos entendidos. Literalmente cristología significa loguía o discurso cognoscitivo sobre la persona y obra de Cristo.
En su sentido más amplio la cristología abarca cualquier aspecto de la persona
y obra de Cristo considerado como objeto de estudio por parte de historiadores,
biblistas, teólogos, filósofos o científicos, sean éstos creyentes o no
creyentes, cristianos o no cristianos. La persona de Cristo y su obra a través
de los siglos ha sido y sigue siendo objeto de estudio por parte de las
personas intelectualmente más serias y cualificadas. Se trata de un personaje
angular en la historia de la humanidad y de ahí el interés por descifrar los
secretos de su persona, de su personalidad y de las obras humanas y culturales
que se han llevado a cabo en su nombre. Llamo, pues, cristología en sentido amplio a todo discurso cognitivo sobre la
persona, hechos y dichos de Jesucristo. La cristología en sentido estricto, en cambio, se refiere a los tratados
académicos o magisteriales de teología dogmática cristiana en los que se
estudia y expone el contenido de la fe en Jesucristo como personificación del
Mesías bíblico, tal como es confesada por la Iglesia. Por ejemplo, la Nota crítica
de la CEE al libro de José Antonio Pagola está inspirada en la cristología en
el sentido más estricto y riguroso de la palabra por encima de las diversas
percepciones cristológicas existentes dentro del cristianismo. Ahora bien, en
qué coinciden y en qué se diferencian la cristología y la biocristología?
La
biocristología, literalmente, es un neologismo que significa discurso o loguía sobre el impacto intelectual y
emocional causado por la persona de Cristo, primero en sus contemporáneos y
discípulos inmediatos, y después en sus seguidores o simples admiradores a lo
largo de los siglos hasta nuestros días. Impacto que puede ser intelectual,
moral y ambas cosas a la vez. La biocristología coincide con la cristología en
que el protagonista es siempre la persona de Cristo y su obra. Se diferencia,
en cambio, en el sentido de que la cristología aspira a proporcionar un
conocimiento lo más exacto y objetivo posible de la persona de Jesús y de su
obra salvadora, mientras que la biocristología pone el acento prioritariamente
en el impacto emocional y gratificante de su persona. Lo ideal sería que el
impacto emocional (biocristología) estuviera cimentado en un conocimiento
objetivo y verdadero (cristología) de la persona de Jesús y que los
conocimientos objetivos sobre la persona de Jesús fueran acompañados por el
seguimiento amoroso de Cristo mediante la fe y las buenas obras. En la realidad
práctica, sin embargo, ambas cosas pueden darse por separado. La condición
humana está hecha de tal manera que el conocimiento perfecto de la persona de
Cristo y de su obra no conduce necesariamente a su seguimiento y al amor.
Igualmente, el seguimiento afectivo de Cristo no significa necesariamente
poseer unos conocimientos sólidos y objetivos sobre la persona y obra de Jesús.
Por
último me parece oportuno y útil introducir también el concepto de “cristología
basura”. Me refiero a la literatura apócrifa y nóstica entorno a la persona de
Cristo. La encontramos también en los textos antes citados del Talmud donde se
trata de desprestigiar a la persona de Cristo de una forma indirecta y solapada
al no poder hacerlo abiertamente con argumentos sólidos. En la literatura
nóstica la forma de referirse a la persona de Cristo es igualmente tendenciosa
e intelectualmente carente de objetividad. Los autores de los escritos
apócrifos, por su parte, trataron de suplir con la imaginación, el sentimiento
y la piedad aspectos de la infancia de Jesús omitidos en los relatos
evangélicos canónicos. Leyendo esos escritos llama pronto la atención la
naturaleza pueril e irreal de los mismos. La mayor parte de lo que allí se dice
puede catalogarse entre lo que en lenguaje corriente denominamos “tonterías”
que no van a ninguna parte. Lo grave es que los escritores sensacionalistas de
todos los tiempos han utilizado estos escritos como si fueran fuentes de
información fidedignas, incluso más que los escritos evangélicos canónicos.
Este es el problema y la razón por la que no dudo en calificarlos de “basura”
porque que sólo sirven para difundir una imagen deformada y ridícula de Cristo
y, por tanto, a crear una loguia
o”cristología basura”.
La
“cristología basura” coincide con la cristología cognitiva y la biocristología
en poner a la persona de Cristo en el centro de su consideración y se
diferencia en que se utiliza como primera fuente de información los escritos
menos cualificados, la imaginación y los sentimientos de hostilidad hacia las
fuentes más serias, objetivas y canónicas. En el siglo XXI la “cristología
basura” es un arma arrojadiza contra el Magisterio de la Iglesia sobre la figura
de Jesús. Su impacto éxito es debido principalmente a los medios de
comunicación social que, salvo honrosas excepciones, se prestan fácilmente a
difundir ese tipo de escritos, sobre todo cuando se presentan de forma novelada
o seminovelada.
Dicho
lo cual, insisto en que sería útil introducir el concepto de Biocristología por
las siguientes razones. Al distinguir e identificar las diversas percepciones
cognitivas acerca de la personalidad de Cristo del impacto emocional que ésta
causa en quienes se acercan a Él, resulta más fácil hacer una crítica objetiva de
los conocimientos cristológicos deficientes sin quebrantar el respeto a las
personas cuyas opiniones no compartimos. Por ejemplo, se puede rechazar desde
el punto de vista cristológico estricto la visión cognitiva emocionalmente
sesgada que ofrecen de la persona de Cristo, Renán, Busquets, Pagola o Chopra,
pero ello no justifica la demonización religiosa de sus personas. Como personas todos tenemos una dignidad
inviolable. Lo cual no es válido cuando se trata de nuestras opiniones o
percepciones personales de las cosas. Nadie es más ni menos persona que otra.
En esto todos somos iguales en dignidad. Pero tratándose de nuestra
personalidad todos somos diferentes. Hay personalidades muy relevantes en lo
bueno y otras en lo malo. Ahora bien, las opiniones o percepciones diferentes
acerca de la persona de Cristo y su obra pertenecen al área de nuestra
personalidad y por lo mismo pueden ser aceptables,
rechazables o indeseables según su calidad.
Estos
autores, en efecto, constituyen un testimonio personal de la grandeza de Cristo
a pesar de que su percepción cognitiva de Él resulte a veces sesgada, poco o
nada convincente. El impacto emocional positivo que causa la persona y la obra
de Cristo en las personas inteligentes y de buena voluntad es una oportunidad
estupenda para encontrar el equilibrio entre la cristología cognitiva y la
cristología emocional o biocristología. Sobre todo teniendo en cuenta que los
conocimientos objetivos sobre la persona de Cristo no implican de suyo el
seguimiento fiel a su persona, como tampoco su seguimiento piadoso y admirativo
significa estar en posesión de unos conocimientos exhaustivos y objetivos sobre
Él. Hay personas, en efecto, que son creyentes con un conocimiento cristológico
muy elemental, y otras con un bagaje cognitivo muy elevado pero que no creen en
Él más que en cualquiera otra persona cualificada. La fe cristiana termina
siendo siempre un misterio y una donación por encima de nuestros conocimientos
cristológicos y de las emociones que su persona y su obra pueda causar en
nosotros.
En
la percepción cristológica de Renán, por ejemplo, la personalidad de Cristo
podría ser comparada con un hermoso cuerpo femenino descabezado al negarle
desde prejuicios racionalistas toda dimensión relacionada con la divinidad
propiamente dicha. Los otros autores, desde una percepción creyente más emocional
y voluble que sólida y razonable, presentan el mismo precioso cuerpo con
cabeza, pero de cristal muy frágil. El “Cristo de la fe” apenas se sostiene
sobre el admirable “Cristo de la historia” al presentar la dimensión divina de
Cristo sólo de una manera “ligth” y sentimentalmente atractiva. En todos estos
casos se acepta sin fundamento como un dogma indiscutible la teoría del Cristo
histórico y el Cristo de la fe. Se acepta como hecho indiscutible lo que en
realidad sólo es aceptable como hipótesis de trabajo con poca base real. Lo del
“Tercer Cristo” de Chopra viene a colmar el vaso de la falta de razón y exceso
de emoción en todo este asunto.
En
los cuatro casos, por increíble que parezca y falto de razón, se niega
abiertamente la credibilidad del Magisterio cristológico de la Iglesia.
Igualmente se cumple el pronóstico de Renán en el sentido de que ninguna
revolución podrá impedir que sigamos en materia religiosa la gran idea
intelectual y moral a cuyo frente brilla el nombre de Jesús. Pero, eso sí, dando
por supuesto que podemos ser cristianos por libre “aún separándonos sobre casi
todos los puntos de la tradición que nos ha precedido”. O lo que es igual,
estando en desacuerdo sistemático y permanente con la imagen cristológica
transmitida por la Iglesia. La hipótesis clásica de los “dos Cristos”, el de la
fe y el de la historia, degeneró así en ideología en el contexto sincretista de
la New Age.
La
expresión Nueva Era (new age) se puso
de moda durante la segunda mitad del siglo XX y nació en el contexto exotérico
e irracional de las creencias astrológicas asociadas a cambios sociopolíticos
importantes. Según estas creencias, la Era de Acuario, por ejemplo, marcaría un
cambio en la conciencia del ser humano, que ya estaría empezando a notarse y
que llevaría asociado un tiempo de prosperidad, paz y abundancia. Actualmente
hay una variedad de corrientes filosóficas y espirituales relacionadas con
estas creencias lo que conduce a un confuso sistema de creencias, a un agregado
o sincretismo de creencias y de prácticas religiosas muchas veces
contradictorias. Las ideas reformuladas por sus partidarios suelen relacionarse
con la exploración espiritual, la medicina global y el misticismo. Sin olvidar
perspectivas generales en historia, religión, espiritualidad, medicina, estilos
de vida y arte musical. Con frecuencia estas creencias son reinterpretaciones
de mitos y religiones sin ningún tipo de compromiso. Nos encontramos así con
personas pintorescas, si no irresponsables, que emplean una aproximación del
slogan propagandístico del "hágalo-usted-mismo". Otros grupos, en
cambio, se apoyan en sistemas de creencias establecidas que recopilan
religiones, y aun otros sistemas de creencias fijos, como los clubs u
organizaciones fraternales. Por ejemplo, tratando de compatibilizar el dogma
cristiano de la divinidad de Jesucristo con el karma como mecanismo de
justicia, y a la vez negar por desagradable la existencia del infierno. Es
frecuente que los conjuntos de creencias así adoptados rechacen los aspectos
más negativos de las mitologías o religiones en que se basan adoptando los más
agradables. En este contexto de la new
age hay gente (incluidos los denominados neopaganos) que, debido a la
variedad de creencias existentes “a la carta”, consideran que cualquier
categoría coherente puede parecer restrictiva o incompleta. Una de las notas
propias que caracterizan la new age
consiste en no pertenecer a ninguna religión tradicional.
Sin
embargo, a pesar de estos presupuestos y estas actitudes tan poco razonables,
creo que no sería acertado seguir condenando como herejes a la “hoguera” del
desprestigio personal a los cuatro autores censurados y a otros escritores que
tienen una percepción cognitiva deficiente o incluso falseada de la persona de
Cristo. La desautorización de una opinión personal en el orden cognitivo no
puede ser nunca motivo para condenar a las personas que expresan esas opiniones
equivocadas o carentes de fundamento sólido sobre la persona de Cristo y su
obra. En contrapartida hay que decir también que el respeto a las personas no
significa comulgar con ruedas de molino aceptando sus opiniones cuando están
fuera de razón. El propio Cristo fue un maestro desautorizando formas de pensar
y de vivir sin condenar nunca a las personas. La historia de las herejías
cristológicas es un ejemplo patente de cómo sus protagonistas se aborrecieron
como personas en un afán desmedido por defender sus respectivas convicciones y
percepciones subjetivas sobre la personalidad de Cristo faltando al precepto
fundamental cristiano del respeto personal y del amor fraterno. Pienso que esta
práctica hay que desterrarla incluso por razones pragmáticas. Paradójicamente,
estos autores, catalogados desde la cristología cognitiva en la línea de la
cristología heterodoxa, suelen ser de hecho personas fascinadas por la persona
de Cristo y estimulan a conocerle mejor a pesar de sus apreciaciones
cognitivamente defectuosas o poco razonables. La cristología clásica cognitiva
no puede olvidar el valor testimonial de estos escritores para los cuales
Cristo ha sido o sigue siendo un verdadero líder espiritual. En determinados
ambientes este tipo de escritos son una oportunidad para que se hable de Cristo
y quede siempre abierta la posibilidad de acceso a un mejor conocimiento de su
persona y de su obra. Dicho lo cual, diré también que este criterio
“oportunista” no legitimará jamás la presentación de la persona de Cristo y de
su obra omitiendo u ocultando deliberadamente aspectos esenciales de su vida y
obra. En caso contrarió la biocristología podría degenerar fácilmente en
“cristología basura” o en ideología política. La cristología en sentido
estricto genera conocimiento de calidad sobre la persona de Cristo, la
biocristología genera simpatía y amor a su persona y la “cristología basura”
genera morbosidad, confusión y engaño. Por lo mismo, la “cristología basura”,
como cualquiera otra basura, debe ser botada sin compasión al museo del olvido.
Pero la biocristología, insisto, merece un respeto por su valor testimonial y
la cristología propiamente dicha merece ser aprendida con la inteligencia y puesta
en práctica con el corazón información véase Studium 49, 2009/2).
15. El drama histórico de judíos,
cristianos y musulmanes
De
forma esquemática cabe diseñar la senda del conflicto extremo entre judíos,
cristianos y musulmanes del modo siguiente. Con la desaparición definitiva del
judaísmo de Templo a raíz de la destrucción física del mismo por el ejército
romano el año 70 los judíos se reorganizaron en torno a la Misná, el Talmud y
las sinagogas. Los cristianos, por su parte, se constituyeron en lo que
actualmente llamamos la Iglesia. Desde entonces las peleas teológicas entre
judíos y cristianos fueron identificadas como la lucha entre la Iglesia y la
Sinagoga. En la edad media prevaleció la lucha con ventaja para los cristianos
y en el siglo XX el nazismo europeo puso el broche de la muerte y del
exterminio masivo de todos los judíos habidos y por haber con lo que conocemos como
el Holocausto. En el siglo VI de la era cristiana surgió el islam y el
mahometismo. Todo inclina a pensar que Mahoma, su fundador, trató de superar la
presunta adulteración de la herencia religiosa recibida del patriarca Abraham
así como las peleas entre judíos y cristianos. El islam surgió así como un
correctivo del judaísmo y el cristianismo. Pero la primera intuición religiosa
del Mahoma degeneró en política y con ello se empezó a hablar del peligro turco
e invasiones de los musulmanes.
En
el siglo XX y XXI los grupos extremistas
musulmanes se han convertido en una pesadilla mundial. El denominado
fundamentalismo islámico constituye de hecho uno de los retos históricos más
difíciles del momento por la negación institucionalizada de la libertad religiosa
y las instrumentalización de la fe religiosa islámica como caldo de cultivo de
actos de terrorismo. Por otra parte existe el eterno problema del Medio Oriente
donde la convivencia pacífica entre judíos y musulmanes resulta prácticamente
imposible al no reconocer ninguna de las partes en litigio el valor del perdón
al enemigo, que constituye la flor y nata de la ética cristiana. Así las cosas,
se comprende que el diálogo de cristianos con los musulmanes resulte más
difícil que con los judíos no extremistas, los cuales, sin ceder un ápice de su
rigorismo teológico, dejan portillos abiertos a la libertad personal. En
septiembre de 2006 el Papa Benedicto XVI pronunció una conferencia en la
universidad de Ratisbona en el contexto de su visita oficial a Alemania. Con
motivo de una cita histórica alusiva a la conducta del islam, muchos musulmanes
acusaron al Pontífice de considerar al islam como una religión violenta e
irracional. Pero la sangre no llegó al río y pronto surgió la réplica de los
138 intelectuales musulmanes enviando al Papa la célebre Carta de simpatía a la
que me referido más arriba. Pero hay más.
16. Forum católico-musulmán
Dos
años más tarde, en noviembre del 2008, tuvo lugar en Roma un encuentro
histórico de musulmanes y católicos en el que se dieron cita veinticuatro participantes y cinco consejeros de
cada religión. El tema del Seminario fue El
amor a Dios, amor al prójimo. Dado su valor histórico, reproduzco el texto
de la Declaración Final.
1. Para los
cristianos la fuente y el ejemplo de amor de Dios y al prójimo son el amor de
Cristo hacia su Padre, hacia la humanidad y hacia cada persona. "Dios es
Amor" (1 Jn 4, 16) y "Dios amó tanto al mundo que le entregó a su
único Hijo de modo que quien crea en él no fallezca sino que tenga vida
eterna" (Jn 3,16). El amor de Dios es puesto en el corazón humano por el
Espíritu Santo. Es Dios quien nos amó primero y quien nos capacita para amarle
a nuestra vez. El amor no hace daño al prójimo, sino más bien procura hacer al
otro lo que uno querría que le hicieran (Cf. 1 Cor 13, 4-7). El amor es el
fundamento y la suma de todos los mandamientos (Cf. Gal 5, 14). El amor al prójimo
no puede separarse del amor a Dios, porque es una expresión de nuestro amor
hacia Dios. Este es el nuevo mandamiento, "Amaos unos a otros como yo os
he amado" (Jn 15, 12). Profundamente conectado al amor expiatorio de
Cristo, el amor cristiano es misericordioso y no excluye a nadie; esto también
incluye a los propios enemigos. Deben ser no solamente palabras, sino también
hechos (Cf. 1 Jn, 4, 18). Este es el signo de su autenticidad. Para los musulmanes, como se explica en
"Una Palabra Común", el amor es un poder eterno trascendente que
dirige y transforma el respeto humano mutuo. Este amor, como indicó el Profeta
Santo y Amado Mahoma, es anterior al amor humano hacia el Dios Verdadero. Un
Hadith indica que el amor compasivo de Dios por la humanidad es aún mayor que
el de una madre hacia su niño (El Musulmán, Bab Al-Tawba: 21); por lo tanto,
existe antes e independientemente de la respuesta humana al que es "El
Amor". Tan inmenso es este amor y compasión que Dios ha intervenido para
dirigir y salvar a la humanidad de un modo perfecto muchas veces y en muchos
lugares, enviando profetas y escrituras. El último de estos libros, el Qunran,
retrata un mundo de signos, un maravilloso cosmos de arte Divino, que provoca
nuestro completo amor y devoción, de modo que "los que tienen fe, tengan
más amor de Dios" (2:165), y "aquellos que creen, y hacen buenas
obras, el Misericordioso engendrará amor entre ellos"' (19:96). En un
Hadith leemos que "Ninguno de vosotros tiene fe hasta que quiera para su
prójimo lo mismo que quiere para sí mismo" (Bukhari, Bab Al--Iman: 13).
2.
La vida humana es el regalo más precioso de Dios a cada persona. Por lo tanto debería ser conservado y
honrado en todas sus etapas.
3. La
dignidad humana surge del hecho que cada persona ha sido creada por un Dios de
amor y por amor, y ha sido
dotada con los dones de la razón y el libre albedrío, y por lo tanto está
capacitada para amar a Dios y a los demás. Sobre la base firme de estos
principios, la persona requiere el respeto de su dignidad original y su
vocación humana. Por lo tanto, él o ella son titulares al reconocimiento pleno
de su identidad y libertad por individuos, comunidades y gobiernos, apoyados en
una legislación civil que asegure la igualdad de derechos y la plena
ciudadanía.
4. Afirmamos que la creación de la
humanidad por parte de Dios tiene dos grandes aspectos: la persona humana, la
masculina y la femenina, y nos comprometemos conjuntamente a asegurar que la
dignidad humana y el respeto se extienda hacia una igualdad básica entre
hombres y mujeres.
5. El
amor genuino al prójimo implica el respeto de la persona y a sus opciones en
asuntos de conciencia y religión. Esto
incluye el derecho de individuos y comunidades para practicar su religión en
privado y en público.
6. Las minorías religiosas tienen
derecho a ser respetadas en sus propias convicciones y prácticas religiosas.
También tienen derecho a sus propios sitios de adoración, y sus figuras y
símbolos fundamentales que consideran sagrados no debería ser sujetos a ninguna
forma de burla o ridículo.
7. Como creyentes católicos y
musulmanes, somos conscientes de la necesidad y el deber de testimoniar la
dimensión trascendente de la vida, a través de una espiritualidad alimentada
por la oración, en un mundo cada vez más secularizado y materialista.
8. Afirmamos que ninguna religión ni sus
seguidores deberían ser excluidos de la sociedad. Cada uno debería ser capaz de
dar su contribución indispensable al bien de sociedad, sobre todo en el
servicio al más necesitado.
9. Reconocemos que la creación de Dios
en su pluralidad de culturas, civilizaciones, lenguas y pueblos es una fuente
de riqueza y por lo tanto nunca debería convertirse en causa de tensión y
conflicto.
10. Estamos convencidos de que católicos
y musulmanes tienen el deber de proporcionar una sana educación en valores
humanos, cívicos, religiosos y morales a sus miembros respectivos y promover
información exacta sobre las distintas religiones.
11. Creemos que católicos y musulmanes
estamos llamados a ser instrumentos de amor y armonía entre creyentes, y para
la humanidad en general, renunciando a cualquier tipo de opresión, violencia
agresiva y terrorismo, sobre todo cuando se cometen en nombre de la religión, y
manteniendo el principio de justicia para todos.
12. Apelamos a los creyentes a que
trabajen por un sistema financiero ético en el cual los mecanismos reguladores
tengan en cuenta la situación de los pobres y desheredados, tanto individuos,
como naciones endeudadas. Apelamos al primer mundo a tener en cuenta la grave
situación de aquellos afligidos más gravemente por la actual crisis en la
producción de alimentos y su distribución, y pedimos a los creyentes de todas
las religiones y a las personas de buena voluntad que trabajen juntos para aliviar
el sufrimiento de los hambrientos, y eliminar sus causas.
13. Los jóvenes son el futuro de las
comunidades religiosas y de las sociedades en su conjunto. Cada vez más,
vivirán en sociedades multiculturales y multi-religiosas. Es esencial que sean
bien formados en sus propias tradiciones religiosas, y bien informados sobre
otras culturas y religiones.
14. Estamos de acuerdo en explorar la
posibilidad de establecer un comité permanente católico-musulmán para coordinar
respuestas a conflictos y otras situaciones de emergencia y para organizar un
segundo seminario en un país de mayoría musulmana, aún por determinar.
15. Intentaremos que el segundo
Seminario del Foro Católico musulmán sea convocado en aproximadamente dos años
en un país de mayoría musulmana aún por determinar.
A
propósito de este histórico texto me parece oportuno destacar lo siguiente. En
primer lugar, que el fórum católico musulmán sigue activo y se ha pronunciado
ya con contundencia contra la instrumentalización de la religión para respaldar
la violencia entre las confesiones religiosas y en la vida social. Por lo que
se refiere al texto presente cabe destacar los números 2, 3 y 5. La vida es
considerada como la piedra angular del comportamiento humano y como tal ha de
ser respetada en todas las etapas de su existencia. Aquí hay una alusión clara
a las brutalidades que se están cometiendo en el campo de la bioética y que he
llamado en diversas ocasiones biotanasia. La dignidad humana, por su parte,
radica en Dios y no en convencionalismos humanos. En la teología cristiana se
dice que la persona es imagen de Dios y
ahí estriba su grandeza. Por último, el respeto a las personas exige que
sus opciones en asuntos de conciencia y religión sean respetadas. Aquí se toca
un punto neurálgico del islam tradicional que consiste en negar el derecho de
libertad religiosa que no sea favorable al islam.
CONCLUSIÓN
Después de lo dicho hasta aquí está
claro que judíos, cristianos y musulmanes se encuentran separados por barreras
religiosas muy difícil de traspasar sin grandes riesgos para la vida de quienes
libremente y siguiendo los dictámenes de su conciencia sienten la necesidad de
emigrar de una confesión religiosa a otra. Los judíos a ultranza quieren
mantener su identidad étnica y religiosa negando por principio la personalidad
divina de Cristo. Los musulmanes ortodoxos no quieren ni oír hablar de la
percepción cristiana del Dios único ni de la muerte y resurrección de Cristo.
Los cristianos por su parte han cometido importantes errores de intransigencia religiosa
con judíos y musulmanes a lo largo de la historia. Por si todo esto fuera poco,
los judíos y musulmanes se odian a matar aún hoy día por motivos religiosos y
políticos. Así las cosas yo no veo otra salida razonable y honrosa a esta
triste situación que la promoción del derecho natural de todo ser humano a la
libertad religiosa desde las instancias internacionales. Pero aquí tropezamos
con un obstáculo difícil de superar. Los políticos buscan poder y no verdad al
tiempo que la religión es tomada como instrumento de acción política. Dentro
del islam el fanatismo religioso y el político van juntos mientras que entre judíos
y cristianos los problemas teológicos son excluidos sistemáticamente de la
política. En esta situación los diplomáticos evitan cuidadosamente tocar ningún
asunto de derechos humanos que pueda enojar a los gobiernos de las naciones
donde el fanatismo religioso, ateo o cultural inspira las leyes y las normas de
conducta de los ciudadanos. En los países democráticos la religión es vista por
los políticos como un factor siempre peligroso y difícil de controlar. En el
mejor de los casos la religión es tolerada como un asunto propio de la vida
privada de los ciudadanos pero sin derecho a expresarse en la vida pública.
Lo más triste de todo esto es que
judíos, cristianos y musulmanes, han dado históricamente un pésimo ejemplo de
convivencia pacífica y esto tiene un precio. Algo se ha progresado pero las
murallas teológicas y los odios no han desaparecido. Por ello me parece urgente
que en estos encuentros ecuménicos de buena voluntad que tienen lugar en
nuestro tiempo se insista más en la defensa del derecho natural de toda persona
a la libertad religiosa que en la mera descripción de esas murallas teológicas
de separación existentes y el recuento de las injusticias cometidas en el
pasado de unos contra otros. Por ese camino no llegamos a parte ninguna como no
sea a la planificación política de una “alianza de civilizaciones”. Pero esta
alianza sólo contribuiría a convalidar cualquier injusticia o violación de
derechos humanos que pueda ser considerada como signo de identidad étnica o cultural
de cada uno de los pueblos protagonistas de ese pacto o alianza de
civilizaciones. Esa alianza política de civilizaciones sería algo así como si
los dirigentes de dos ciudades pactaran no robar la una a la otra y al mismo
tiempo estuvieran de acuerdo en que en el ámbito de cada una de ellas sus
ciudadanos respectivos pudieran seguir robando impunemente si esa forma de
conducta era habitual. Otro ejemplo ilustrativo podía ser el siguiente. Los
dirigentes políticos de una nación pactan con un grupo terrorista que no
ataquen a sus intereses, en cuyo caso pueden seguir matando y distorsionando en
otros países si ese es su trabajo. El pacto político de civilizaciones nos
lleva de la mano a la tolerancia irresponsable de aquellas injusticias que con
el tiempo terminan convirtiéndose en un signo de identidad étnica y cultural.
Sería fascinante seguir hablando sobre este tema pero lo he traído a colación
sólo para destacar la necesidad de que judíos, cristianos y musulmanes ayuden
más a salir de esta triste situación de estancamiento teológico empezando por
reconocer la plena libertad de cada persona para emigrar de una confesión a
otra sin miedo a recibir castigos por parte de nadie. Cada vez estoy más
convencido de que con el reconocimiento de este derecho humano fundamental otro
gallo cantaría mejor en las relaciones entre judíos, cristianos y musulmanes y
de estos con el resto de la humanidad. NICETO
BLÁZQUEZ, O.P.)
ÍNDICE
DE JUDIOS, CRISTIANOS Y MUSULMANES
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I
JUDAÍSMO,
CRISTIANISMO E ISLAM
1. ¿Por qué las tres grandes religiones monoteístas?
2. El hecho religioso y su incidencia en el ámbito
cultural, ético y político
3. El Judaísmo
4. El
Cristianismo
1) El contexto de esta ponencia en un curso sobre
las tres religiones monoteístas
2) La pregunta sobre qué es el cristianismo
3)
Cristianismo, cristiandad y cristianía
4)
Jesús y la memoria judía trasmitida
5) Los
componentes básicos del cristianismo y su irreductibilidad antropológica
6)
Cristiandad y principio de
encarnación
7) Cristianía como realización personal del
cristianismo en la cristiandad.
8) Ser
cristiano hoy
5. La iglesia católica se confiesa
1) Aclaraciones conceptuales sobre cristianos y
católicos
2) Los signos de identidad social de las religiones
monoteístas y los pecados de la Iglesia
6. El Islam
a) Los cinco pilares del islam
b) Aspectos peculiares del islam
c) La
ley islámica o Sharía, legislación y jurisprudencia
d) Los sistemas del islam, la separación de
poderes ejecutivos, terminología y ciencias del
islam.
7. El diálogo
interreligioso en el mundo actual para garantizar un mundo mejor
8.
Reflexiones críticas
9. Noticias esperanzadoras
CAPÍTULO
II
JESÚS
VISTO
POR CRISTIANOS, JUDÍOS Y MUSULMANES
1. Presentación
2. Lectura cristiana de Jesús de Nazaret
3. Lo judío de Jesús
4. Soy José, vuestro hermano.
Hacia el reencuentro entre judíos y cristianos
5. Lectura judía de Jesús de Nazaret
6. La presencia judía en la literatura del Siglo
de Oro español
7. Visión cristiana del Judaísmo hoy
8.
Lectura islámica de Jesús de Nazaret
9. El
ecumenismo Abrahámico
10. Mesa Redonda y cierre del curso
11.
Reflexiones finales
CAPÍTULO III
PERCEPCIONES
DIVERSAS ACERCA DE LA PERSONA DE CRISTO
1. Cristo ante la
opinión pública de sus contemporáneos
2. Opinión del
Talmud sobre la persona de Jesús
3. Opiniones sobre
el aspecto físico de Cristo
4. Intelectuales
ante la figura de Cristo
5. Opiniones “basura”
sobre Jesús
6. La Cristología
como conocimiento acerca de la persona de Cristo
1) Modelo bíblico
2) Modelo histórico-eclesiástico
3) Modelo académico/racional
7. La
Biocristología como impacto emocional de Cristo en la vida de las personas
8. La Vida de
Jesús, de Ernesto Renán (1823-1892)
9. Última noticia
de Jesús el Nazareno
10. El “tercer
Jesús”
11. Jesús.
Aproximación histórica
12. La respuesta
prometida
13. Nota de la
Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal
Española
14. Reflexiones
críticas
15. El drama histórico de judíos, cristianos
y musulmanes
16. Forum católico-musulmán
CONCLUSIÓN
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